terminaré con perecer!” Y al decir esto llora, suspira y pasa sus días triste, escuálida, inmersa
en la más grande tristeza. Y esto no es todo, lo que es peor es que si ve sus tesoros, si camina
por sus propiedades, en vez de alegrarse se aflige más pensando en su fin próximo y viendo el
alimento no lo quiere tocar para sostenerse, y si alguno quiere persuadirla haciéndole tocar con
la mano sus riquezas mostrándoselas y diciéndole que no puede ser que se reduzca a la más
estrecha miseria, ella no se convence, queda aturdida y llora todavía más su triste suerte. Ahora,
¿qué diría la gente de ella? Que está loca, que se ve que no tiene razón, que ha perdido el
cerebro; la razón está clara, no puede ser de otra manera. No obstante, puede darse el que esta
tal pueda caer en la desventura que se imagina, ¿pero de qué modo? Saliendo de sus reinos,
abandonando todas sus riquezas y yendo a tierras extranjeras, en medio de gente bárbara,
donde nadie se digne darle ni una migaja de pan. Y he aquí que su fantasía se ha hecho realidad;
lo que era falso ahora es verdad. ¿Pero quién ha sido la causa? ¿A quién se culparía de un
cambio de estado tan triste? A su pérfida y obstinada voluntad. Precisamente así es un alma
que se encuentra en posesión de la esperanza: el quererse turbar, desanimar, es ya la más
grande locura”.
(8) Y yo: “¡Ah! Señor, ¿cómo puede ser que el alma pueda estar siempre en paz viviendo en
la esperanza? ¿Y si el alma comete algún pecado, cómo puede estar en paz?”.
(9) Y Jesús: “En el momento en el que el alma peca, se sale del reino de la esperanza, ya que
pecado y esperanza no pueden estar juntos. Cualquier razón acepta que cada uno está obligado
a respetar, conservar y cultivar lo que es suyo, ¿quién es aquel hombre que va a sus terrenos y
quema lo que posee? ¿Quién es quien no tiene celosamente custodiadas sus pertenencias?
Creo que ninguno. Ahora, el alma que vive en la esperanza, con el pecado ofende a la misma
esperanza y si estuviese en su poder, quemaría todos los bienes que posee la esperanza, y
entonces se encontraría en la desventura de aquella tal que, abandonando sus bienes va a vivir
a tierras extrañas. Así el alma, con el pecado, alejándose de esta madre pacífica, de la
esperanza tan tierna y piadosa, que llega a alimentarla con sus mismas carnes, como es Jesús
en el Sacramento, objeto primario de nuestra esperanza, se va a vivir en medio de gente bárbara
como son los demonios, que negándole hasta el más mínimo consuelo, no la alimentarán de
otra cosa más que de veneno, que es el pecado. No obstante, esta madre piadosa. ¿Qué hace?
¿Mientras el alma se aleja de ella, se quedará indiferente? ¡Ah no! Llora, reza, la llama con las
voces más tiernas, más conmovedoras, va junto a ella y sólo se contenta cuando la regresa a
su reino”.
(10) Mi dulce Jesús continua diciéndome: “La naturaleza de la esperanza es paz, y lo que ella
es por naturaleza, el alma que vive en el seno de esta madre pacífica lo consigue por gracia”.
(11) Y en el momento mismo en que Jesús bendito dice estas palabras, con una luz intelectual
me hace ver bajo la semejanza de una madre lo que ha hecho esta esperanza por el hombre.
¡Oh, qué escena tan conmovedora y ternísima, que si todos la pudiesen ver, llorarían de pena
hasta los corazones más duros y todos se aficionarían, la querrían tanto, que resultaría imposible
separarse por un solo momento de sus rodillas maternas. Y ahora trataré de decir lo que
comprendo y puedo:
(12) El hombre vivía encadenado, esclavo del demonio, condenado a la muerte eterna, sin
esperanza de poder resurgir a la vida eterna; todo estaba perdido y su suerte estaba en ruinas.
Esta madre vivía en el Empíreo, unida con el Padre y el Espíritu Santo, bienaventurada, feliz
con Ellos; pero parecía que no estuviera contenta, quería a sus hijos, a sus amadas imágenes
en torno a ella, la obra más bella salida de sus manos. Ahora, mientras estaba en el Cielo, su
ojo estaba atento al hombre que estaba perdido en la tierra. Toda ella se ocupa de la manera
de salvar a estos sus amados hijos, y viendo que estos hijos no pueden absolutamente satisfacer
a la Divinidad, aun a costa de cualquier sacrificio, pues son muy inferiores a Ella, ¿qué cosa
hace esta madre piadosa? Ve que no hay otro medio para salvar a estos hijos que dar la propia
vida para salvar la de ellos, y tomar sobre sí sus penas y miserias y hacer todo lo que ellos