mostraré cuando vengas al Cielo y el día del juicio lo mostraré a todas las naciones. Por eso, no
hables más de este modo”.
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2-82
Octubre 14, 1899
Jesús dice cómo son necesarios los castigos, y
habla en modo conmovedor de la esperanza.
(1) Esta mañana me sentía un poco turbada y toda aniquilada en mí misma. Me veía como si
el Señor me quisiera arrojar de Sí. ¡Oh Dios, qué pena tan desgarradora es esta! Mientras me
encontraba en tal estado, el bendito Jesús ha venido con una cuerdita en la mano y golpeando
mi corazón tres veces, me ha dicho:
(2) “Paz, paz, paz, ¿no sabes tú que el reino de la esperanza es reino de paz, y el derecho de
esta esperanza es la justicia? Tú, cuando veas que mi justicia se arma contra las gentes, entra
en el reino de la esperanza, e invistiéndote de las cualidades más potentes que ella posee, sube
hasta mi trono y haz cuanto puedas para desarmar mi brazo armado; y esto lo harás con las
voces más elocuentes, más tiernas, más piadosas, con las razones más poderosas, con las
oraciones más ardientes, que la misma esperanza te dictará. Pero cuando veas que la misma
esperanza está por sostener ciertos derechos de justicia que son absolutamente necesarios, y
que quererlos ceder sería un querer hacer afrenta a sí misma, lo que no puede ser jamás,
entonces confórmate a Mí y cede a la justicia”.
(3) Y yo, más aterrada que nunca, porque debía ceder a la justicia le he dicho: “Ah Señor,
¿cómo puedo hacer esto? Me parece imposible, el solo pensamiento de que debes castigar a
las gentes, siendo tus imágenes, no puedo tolerarlo, si al menos fueran criaturas que no te
pertenecieran. Sin embargo, esto es nada, lo que más me desgarra es que te debo ver a Ti, casi
estoy por decir, golpeado por Ti mismo, abofeteado, flagelado, afligido, porque los castigos
caerán sobre tus mismos miembros, no sobre los otros, y por eso Tú mismo vendrás a sufrir.
Dime, mi solo y único Bien, ¿cómo podrá resistir mi corazón el verte sufrir, golpeado por Ti
mismo? Que te hagan sufrir las criaturas, son siempre criaturas y es más tolerable, pero esto es
tan duro, que no puedo aceptarlo, por eso no puedo conformarme Contigo, ni ceder”.
(4) Y Él, apiadándose y enterneciéndose todo por este hablar mío, tomando un aspecto
afligido y benigno me ha dicho:
(5) “Hija mía, tú tienes razón en que quedaré golpeado en mis mismos miembros, tanto que
al oírte hablar, todas mis entrañas me las siento conmovidas y mover a misericordia y el corazón
me lo siento destrozar de ternura. Pero créeme a Mí que son necesarios los castigos, y si tú no
quieres verme golpeado ahora un poco, me verás golpeado después más terriblemente, porque
más me ofenderán, ¿y esto no te disgustaría más? Por eso confórmate Conmigo, de otra manera
me obligarás, para no verte disgustada, a no decirte ya nada, y con esto vendrás a negarme el
alivio que siento al conversar contigo. ¡Ah! sí, me reducirás al silencio sin tener con quién
desahogar mis penas”.
(6) ¿Quién puede decir cómo he quedado amargada por su hablar? Y Jesús como si me
quisiera distraer de mi aflicción, continuó hablando sobre la esperanza diciéndome:
(7) “Hija mía, no te turbes, la esperanza es paz, y así como Yo, en el momento mismo de
hacer justicia estoy en la más perfecta paz, así tú, sumergiéndote en la esperanza estate en
paz. El alma que está en la esperanza, al quererse afligir, turbar, desconfiar, incurriría en la
desventura de aquella que, mientras posee millones y millones de monedas y es reina de varios
reinos, va imaginando y dando lamentos diciendo: “¿De qué voy a vivir? ¿Cómo me vestiré?
¡Ay, me muero por el hambre! ¡Soy muy infeliz! ¡Me reduciré a la más estrecha miseria y