Mamá es Reina en medio a la Creación, porque sobrepasó todo y mi Voluntad encontró en Ella
el alimento de su razón, que íntegra y permanentemente la hacía vivir en Ella, había sumo
acuerdo, se daban la mano mutuamente; no había fibra de su corazón, palabra, pensamiento,
sobre del cual mi Voluntad no poseyera su Vida. ¿Y qué cosa no puede hacer un Querer Divino?
Todo, no hay potencia que le falte ni cosa que no pueda hacer, por eso se puede decir que todo
hizo, y todo lo que los demás no pudieron hacer ni podrán hacer todos juntos, lo hizo Ella sola.
(4) Por tanto no te maravilles si te señalo la Creación y a la Soberana Reina, porque debo
señalarte los ejemplares más perfectos donde mi Voluntad tiene Vida perenne y donde jamás
ha encontrado obstáculo a su campo de acción divina para poder obrar cosas dignas de Sí. Por
eso hija mía, si quieres que mi Fiat Supremo reine como en el Cielo, que es la cosa más grande
que nos queda por hacer para las humanas generaciones, haz que mi Querer tenga el puesto
de soberano y que viva íntegro y permanente en ti, de todo lo demás no tengas ningún
pensamiento, ni de tu incapacidad, ni de las circunstancias, ni de las cosas nuevas que pueden
surgir en torno a ti, porque reinando en ti mi Querer, servirán como materia y alimento para que
mi Fiat tenga su cumplimiento”.
(5) Después estaba pensando entre mí: “Es verdad que mi Reina Mamá hizo el más grande
de los sacrificios, que ningún otro ha hecho, esto es, el no querer conocer de ningún modo su
voluntad, sino sólo la de Dios, y en esto abrazó todos los dolores, todas las penas, hasta el
heroísmo del sacrificio de sacrificar a su propio Hijo para cumplir el Querer Supremo, pero una
vez que hizo este sacrificio, todo lo que sufrió después fue el efecto de su primer acto, no tuvo
que luchar como nosotros en las diversas circunstancias, en los encuentros imprevistos, en las
pérdidas inesperadas, es siempre lucha, hasta sangrar el propio corazón por temor de ceder a
nuestra combatiente voluntad humana; con cuánta atención se necesita estar para que el Querer
Supremo tenga siempre su puesto de honor y la supremacía sobre todo, y muchas veces es
más dura la lucha que la misma pena”. Pero mientras esto pensaba, mi amable Jesús se ha
movido en mi interior diciéndome:
(6) “Hija mía, tú te equivocas, no fue uno el máximo sacrificio de mi Mamá, sino fueron tales
y tantos, por cuantos dolores, penas, circunstancias y encuentros fue expuesta su existencia y
la mía; las penas en Ella siempre eran duplicadas, porque mis penas eran más que penas suyas,
y además mi Sabiduría no cambió nunca dirección con mi Mamá, en cada pena que debía tocarle
Yo le preguntaba siempre si quería aceptarlas, para oírme repetir por Ella aquel Fiat en cada
pena, en cada circunstancia y aun en cada latido; aquel Fiat me sonaba tan dulce, tan suave y
armonioso, que lo quería oír repetir a cada instante de su vida, y por eso le preguntaba siempre:
¿Mamá, quieres hacer esto? ¿Quieres sufrir esta pena? Y a Ella mi Fiat le llevaba los mares
de bienes que contiene y le hacía entender la inmensidad de la pena que aceptaba, y este
entender con luz divina lo que paso a paso debía sufrir, le daba tal martirio que supera
infinitamente la lucha que sufren las criaturas, porque faltando en Ella el germen de la culpa,
faltaba el germen de la lucha, y mi Voluntad debía encontrar otro medio para hacer que no fuese
menor que las otras criaturas en el sufrir, porque debiendo adquirir con justicia el derecho de
Reina de los dolores, debía superar a todas las criaturas juntas en las penas. Cuántas veces
no lo has sentido tú misma, que mientras no sentías ninguna lucha, mi Querer, haciéndote
entender las penas a las cuales te sometía, tú quedabas petrificada por la fuerza del dolor, y
mientras quedabas destrozada en la pena, tú eras la pequeña corderita en mis brazos, pronta a
aceptar otras penas a las cuales mi Querer te quería sometida; ¡ah! ¿No sufrías tú más que con
la misma lucha? La lucha es señal de pasiones vehementes, mientras que mi Voluntad, si lleva
el dolor, al mismo tiempo da la intrepidez, y con el conocimiento de la intensidad de la pena le
da tal mérito, que sólo una Voluntad Divina puede dar. Por eso, como hago contigo, que en
cada cosa que quiero de ti primero te pregunto si quieres, si aceptas, así hacía con mi Mamá, a
fin de que el sacrificio sea siempre nuevo y me dé la ocasión de conversar con la criatura, de
entretenerme con ella, y que mi Querer tenga su campo de acción divino en la voluntad humana”.
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