(10) “Hija mía, hoy tú has hecho el oficio de un médico expertísimo, que no sólo ha tratado de
aliviar, de vendar, sino también de curar las llagas que me hizo ese enfermo, por eso me siento
muy aliviado y aplacado”.
(11) Entonces he comprendido que rezando por los enfermos se hace el oficio de médico a
Nuestro Señor, que sufre en sus mismas imágenes.
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2-81
Octubre 7, 1899
Ve a Jesús enojado contra las gentes
(1) Esta mañana el bendito Jesús no venía y he debido armarme de paciencia para esperarlo.
En mi interior decía: “Mi amado Jesús, ven, no me hagas esperar tanto. Desde ayer en la noche
no te veo y ahora ya es demasiado tarde y Tú no vienes aún. Mira con cuánta paciencia te he
esperado. ¡Ah! no hagas que llegue a impacientarme porque tardas tanto en venir, pues la causa
eres Tú con tus tardanzas. Por eso ven, porque no puedo más”.
(2) Ahora, mientras estaba diciendo estos y otros disparates, mi único Bien ha venido, pero
con sumo dolor mío, lo he visto enojado con las gentes. Súbito le he dicho: “Mi buen Jesús, te
pido que hagas la paz con el mundo”.
(3) Y Él: “Hija, no puedo; Yo soy como un rey que quiere entrar en una casa, pero aquella
casa está llena de cosas inmundas, de podredumbre y de muchas otras porquerías. El rey, como
rey tiene el poder de entrar, no hay nadie que se lo pueda impedir y aun puede limpiar aquella
habitación con sus propias manos, pero no quiere hacerlo, porque no es decoroso a su real
persona descender a tantas bajezas, y mientras que la habitación no sea limpiada por otros, con
todo y que tenga el poder, el querer y un gran deseo, hasta a sufrir, no se dignará poner en ella
el pie. Así soy Yo. Soy Rey que puedo y quiero, pero quiero su voluntad, quiero que quiten la
podredumbre de las culpas para entrar y hacer la paz con ellos. No, no es decoroso a mi realeza
el entrar y ponerme en paz con ellos, es más, no haré otra cosa que mandar castigos. El fuego
de la tribulación los inundará por todas partes, hasta aterrarlos, a fin de que se recuerden que
existe un Dios, el único que puede ayudarlos y liberarlos”.
(4) Y yo, interrumpiendo su hablar le he dicho: “Señor, si quieres echar mano de los castigos,
yo me quiero ir al Cielo, no quiero estar más en esta tierra. ¿Cómo podrá resistir mi corazón el
ver sufrir a tus criaturas?” Y Jesús tomando un aspecto benigno me ha dicho:
(5) “¿Si tú te vienes, Yo a dónde iré a morar en esta tierra? Por ahora pensemos en estar
juntos acá, porque en el Cielo tendremos largo tiempo para estar juntos, como es toda la
eternidad. Y además, demasiado pronto has olvidado el oficio de hacerme de madre en la tierra.
Por lo tanto, mientras castigue a las gentes Yo vendré a refugiarme y moraré contigo”.
(6) Y yo: “Ah Señor, ¿de qué ha servido mi estado de víctima por tantos años? ¿Qué bien les
ha llegado a los pueblos, ya que Tú me decías que me querías como víctima para evitar los
castigos a las gentes? Y ahora me haces ver que esos castigos, en vez de que sucedieran tantos
años atrás, van a suceder ahora, ni más ni menos que esto”.
(7) Y Él: “Hija mía, no digas eso; mi magnanimidad ha sido por amor tuyo, y el bien que ha
venido de esto, ha sido que terribles castigos que debían hacer estragos por muchísimo tiempo,
ahora por eso serán más breves. ¿Y no es esto un bien, que alguien, en vez de estar por muchos
años bajo el peso de un castigo, sólo lo esté por pocos? Además, en el curso de estos años
pasados, guerras, muertes imprevistas que no debían tener tiempo de convertirse, ahora en
cambio lo han tenido y se han salvado, ¿no es esto un gran bien? Amada mía, por ahora no es
necesario hacerte comprender el provecho de tu estado para ti y para los pueblos, pero te lo
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