la culpa hubiese tenido jamás existencia en Ella, y debía ser la más noble, la más santa de todas
las criaturas, pero de una nobleza divina y de una santidad totalmente similar a la de su Creador,
para poder encontrar en Ella tanta gracia y capacidad, de poder concebir al Santo de los Santos,
al Verbo Eterno. Muchas veces las criaturas hacen algo similar a esto, pues si deben conservar
cosas preciosas y de gran valor, preparan vasos tersísimos y de un valor equivalente a las cosas
preciosas que se deben conservar en ellos, en cambio si son cosas ordinarias y de poco valor,
se preparan vasos de yeso y de poquísimo valor, no se tiene el cuidado de tenerlos bajo llave
como al recipiente tersísimo, sino que los tienen expuestos, así que de la preciosidad del vaso
y del cómo se tiene custodiado, se puede conocer si las cosas que contiene son preciosas y de
gran valor; ahora, debiendo Yo recibir su sangre por ser concebido en su seno, era justo que
tanto el alma como su cuerpo fuesen tersísimos y enriquecidos de todas las gracias, privilegios
y prerrogativas posibles e imaginables que Dios puede dar y la criatura recibir. Ahora hija mía,
si todo esto fue en mi amada Mamá porque debía hacer descender al suspirado Redentor a la
tierra, también a ti, habiéndote escogido para el suspirado Fiat, suspirado por el Cielo y por la
tierra, suspirado con tanto amor y ansias por la misma Divinidad, es más, suspirado más por
Dios que por los hombres, debía darte tanta Gracia para no poner en un alma y cuerpo corrupto
los conocimientos pertenecientes a mi Voluntad, y no sólo los conocimientos sino su misma Vida
que debía formar y desarrollar en ti, por lo tanto, haciendo uso de su poder, si no te exentó de
la mancha de origen, con su potencia abatió y se mantiene firme sobre el germen, a fin de que
no produjera sus corruptos efectos, así que en ti la mancha de origen mi Voluntad la tiene
aplastada y sin vida, esto era justo y necesario a la nobleza, al decoro y a la Santidad de la
Suprema Voluntad; si en ti hubiera efectos no buenos, mi Voluntad encontraría las sombras, la
niebla y no podría expandir sus rayos de verdad como el sol en su pleno mediodía, mucho menos
formar en ti el centro del desarrollo de su Vida Divina, porque Ella es tan tersa y santa que no
sabe estar ni adaptarse a vivir junto con la más mínima sombra de mal”.
(3) Yo al oír esto, temblando he dicho: “Jesús, ¿qué dices? ¿Será posible todo esto? No
obstante yo me siento tan miserable y pequeña que siento la necesidad de Ti, de tu asistencia
y de tu presencia para poder continuar viviendo, y Tú sabes a qué estado tan lamentable me
reduzco cuando me privas de Ti”. Y Jesús interrumpiéndome ha agregado:
(4) “Hija mía, no te maravilles, esto lo requiere la Santidad de mi Querer, y como se trata de
la cosa más grande que existe en el Cielo y en la tierra, se trata de que si en la Redención vine
a salvar al hombre, ahora se trata de poner a salvo mi Voluntad en las criaturas, y por lo tanto
de hacer conocer la finalidad de la Creación, de la Redención, los bienes que quiere dar mi
Querer, la Vida que quiere formar en cada criatura, los derechos que a Él convienen. Por tanto,
poner a salvo una Voluntad Divina en medio de las criaturas es la cosa más grande, y mi
Voluntad conocida y reinante superará los frutos de la Creación y Redención, será la corona de
mis obras y el triunfo de nuestras obras, y si mi Voluntad no llega a ser conocida, amada y
cumplida, ni la Creación ni la Redención tendrán su plena finalidad ni el fruto completo. La
Creación, la Redención, salieron de dentro de mi Fiat Omnipotente, y para hacer que nuestra
gloria sea completa y la criatura reciba todos los efectos y los bienes que contienen, todo debe
regresar en nuestra Voluntad”.
(5) Ahora, ¿quién puede decir cómo mi pobre mente nadaba en la inmensidad del Querer
eterno? ¿Lo que comprendía? Pero lo que más me impresionaba era que el Fiat debía superar
al mismo bien de la Redención, con el agregado de una renuencia terrible de manifestar lo que
está dicho arriba, por el temor que la obediencia me impusiera el escribirlo. ¡Oh! cómo habría
querido callar, pero con el Fiat no se discute, porque de cualquier modo la victoria debe ser
siempre suya. Después mi dulce Jesús, siempre benigno, regresando me ha dicho:
(6) “Hija mía, es necesario que lo manifiestes, no por ti, sino por el decoro y santidad que
conviene a mi Querer; ¿crees tú que todo el trabajo que he hecho dentro de tu alma por más de
cuarenta años ha sido sólo por ti, por lo bien que te quería y te quiero? ¡Ah, no, ha sido más
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