18-23
Febrero 7, 1926
La Divina Voluntad reinante en el alma la eleva sobre todo, la pone en
su origen, y el alma amando con el amor de Dios, ama todas las cosas
con su mismo amor, y es constituida poseedora y reina de todo lo creado.
(1) Estaba según mi costumbre fundiéndome en el Santo Querer Divino, y tomando el eterno
te amo de mi dulce Jesús, y haciéndolo mío, giraba por toda la Creación para imprimirlo sobre
cada cosa, a fin de que todo y todos tuvieran una sola nota, un solo sonido, una sola armonía:
“Te amo, te amo, te amo por mí y por todos, hacia mi Creador que tanto me ha amado”. Ahora,
mientras esto hacía, mi amable Jesús ha salido de dentro de mi interior, y estrechándome a su
corazón, todo ternura me ha dicho:
(2) “Hija mía, cómo es bello el te amo de quien vive en mi Voluntad, siento el eco del mío junto
con el suyo sobre todas las cosas creadas, por eso siento la correspondencia del amor de la
criatura por todo lo que he hecho, y además, amar significa poseer lo que se ama, o querer
poseer la cosa amada; así que tú amas la Creación toda porque es mía, y Yo te la hago amar
porque quiero hacerla tuya. Tu repetido te amo para Mí sobre cada cosa creada, es el camino
y el derecho de posesión para poseerla. La Creación toda al sentirse amada, reconoce a su
dueña, por eso hace fiesta al sentirse repetir sobre de ella tu te amo; el amor hace reconocer lo
que es suyo, y se dan sólo a aquellos por los cuales son amadas, y mi Voluntad reinante en el
alma es la confirmación de que lo que es mío es suyo. Ahora, cuando una cosa es poseída
entre dos personas, se necesita sumo acuerdo, la una no puede hacer sin la otra, y he aquí la
necesidad de su inseparable unión, de las continuas comunicaciones sobre lo que hay que hacer
con lo que poseen. ¡Oh! cómo mi Voluntad reinante en el alma la eleva sobre todo, y amando
con el amor de un Dios sabe amar todas las cosas con su mismo amor, y es constituida
poseedora y reina de todo lo creado.
(3) Hija mía, en este estado feliz creé al hombre, mi Voluntad debía suplir a todo lo que faltaba
en él, y elevarlo a la semejanza de su Creador. Y es propiamente esta mi mira sobre ti, hacerte
regresar al origen como creamos al hombre, por eso no quiero división alguna entre Yo y tú, ni
que lo que es mío no sea tuyo; pero para darte los derechos quiero que reconozcas lo que es
mío, a fin de que amando todo y corriendo en todas las cosas tu te amo, toda la Creación te
reconozca; oirán en ti el eco del principio de la creación del hombre, y haciéndose felices
ambicionaran hacerse poseer por ti.
(4) Yo hago contigo como un rey, que despreciado por sus pueblos, ofendido, olvidado, estos
pueblos no están más bajo el régimen de las leyes del rey, y si alguna ley observan, es la fuerza
que se impone sobre ellos, no el amor; así que el pobre rey está obligado a vivir en su palacio,
aislado, sin el amor, la sujeción y el avasallamiento de su voluntad sobre los pueblos; pero entre
tantos, él advierte que uno sólo se mantiene íntegro en hacerse someter en todo y por todo por
la voluntad del rey, es más, repara, llora por la voluntad rebelde de todo el pueblo, y quisiera
rehacer al rey haciéndose acto por cada criatura, a fin de que encuentre en él todo lo que debería
encontrar en todo el resto del pueblo. Entonces el rey siente amar a éste, lo tiene siempre ante
sus ojos para ver si es constante y no por un día, sino por un periodo de vida, porque sólo la
constancia es sobre lo que el rey puede confiar y estar seguro de lo que quiere hacer de la
criatura. El sacrificarse, el hacer el bien un día, es cosa fácil para la criatura, pero el sacrificarse
y el hacer el bien toda la vida, ¡oh, cómo es difícil! Y si esto sucede, es una virtud divina obrante
en la criatura. Entonces, cuando el rey se siente seguro de aquél, lo llama a sí en su palacio, le
da todo lo que debería dar a todo el pueblo, y haciendo a un lado a todos los demás hace salir
de él la nueva generación de su pueblo elegido, los cuales no tendrán otra ambición que vivir