don, no para ser el dueño sino para hacer la misma acción que Dios quiere, terminada la cual
debe devolver el don que ha tomado en préstamo. En mi mente se formaban tantas imágenes
y semejanzas entre quien vive en el Querer Divino y lo posee como don, y entre quien hace la
Santísima Voluntad de Dios, que no solo no posee la plenitud del don, y si lo posee es a
intervalos y en préstamo. Digo ahora algunas de estas semejanzas:
(2) Supongamos que tuviese una moneda de oro que tuviera la virtud de hacer surgir cuantas
monedas yo quisiera, ¡oh! cuán rica me podría hacer con este don, en cambio otro lo recibe en
préstamo este don por una hora para realizar una acción suya y devolverlo de inmediato; ¡qué
diferencia entre mi riqueza por el don que poseo y entre la de quien lo recibe en préstamo! O
bien, si tuviera en don una luz que no se apaga jamás, así que, de noche o de día yo estoy al
seguro, tengo siempre el bien de ver esta luz que nadie me puede quitar, se hace conmigo como
connatural y me hace conocer el bien para hacerlo y el mal para rehuirlo, así que con esta luz
dada a mí en don, yo me río de todos, del mundo, del enemigo, de mis pasiones, y hasta de mí
misma; por tanto esta luz es para mí fuente perenne de felicidad, está sin armas y me defiende,
es sin voz y me enseña, es sin manos ni pies y dirige mi camino y se hace guía segura para
llevarme al Cielo. En cambio otra persona cuando siente la necesidad debe ir a pedir esta luz,
pues no la tiene a su disposición, y habituada a no ver siempre junto con la luz, no posee el
conocimiento del bien y del mal y no tiene fuerza suficiente para hacer siempre el bien y evitar
el mal; entonces, no poseyendo la luz encendida continuamente, ¿en cuántos engaños, peligros
y caminos sinuosos no se encuentra? Qué diferencia entre quien la posee como don suyo esta
luz, y entre quien la debe ir a pedir cuando la necesita. Ahora, mientras mi mente se perdía en
tantas semejanzas, decía entre mí: “Así que el vivir en la Voluntad de Dios es poseer la Voluntad
de Dios, y esto es un don; por tanto, si la bondad de Dios no se complace en darlo, ¿qué puede
hacer la pobre criatura?” En ese momento mi amable Jesús se ha movido en mi interior, como
estrechándome toda a Él, y me ha dicho:
(3) “Hija mía, es verdad que el vivir en mi Querer es un don, y es el poseer el don más grande,
pero este don que contiene valor infinito, que es moneda que surge a cada instante, que es luz
que nunca se apaga, que es sol que jamás tiene ocaso, que pone al alma en su lugar establecido
por Dios en el orden divino y por lo tanto toma su lugar de honor y de soberanía en la Creación,
no se da sino a quien está dispuesto, a quien no debe hacer despilfarro, a quien debe estimarlo
tanto y amarlo más que la propia vida, es más, debe estar pronto a sacrificar la propia vida para
hacer que este don de mi Querer tenga la supremacía sobre todo y sea tenido en cuenta más
que la propia vida, más bien, su vida como una nada en comparación a Él. Por eso primero
quiero ver que el alma quiere hacer en verdad mi Voluntad y nunca la suya, pronta a cualquier
sacrificio para hacer la mía, en todo lo que hace pedirme siempre, aun como préstamo el don
de mi Querer. Entonces Yo, cuando veo que nada hace sin el préstamo de mi Querer, lo doy
como don, porque con pedirlo y volver a pedirlo ha formado el vacío en su alma donde poner
este don celestial, y con haberse habituado a vivir con el préstamo de este alimento divino, ha
perdido el gusto del propio querer, su paladar se ha ennoblecido y no se adaptará a los alimentos
viles del propio yo; por tanto, viéndose en posesión del don que ella tanto suspiraba, anhelaba
y amaba, vivirá de la Vida de aquel don, lo amará y lo tendrá en la estima que merece. ¿No
condenarías tú a un hombre que lleno de afecto pueril hacia un niño, sólo para que le estuviese
un poco en su compañía entreteniéndose juntos, le diese un billete de mil, y el niño no
conociendo el valor, después de algunos momentos lo rompa en mil pedazos? Pero si en
cambio primero lo hace desear, luego le hace conocer el valor, después el bien que le puede
hacer ese billete de a mil y luego se lo da, aquel niño no lo hará pedazos, sino que ira a guardarlo
bajo llave, apreciando el don y amando más al donador, tú alabarías a ese hombre que ha tenido
la habilidad de hacer conocer el valor del billete al pequeño niño. Si esto hace el hombre, mucho
más Yo que doy mis dones con sabiduría, con justicia y con verdadero amor; he aquí entonces
la necesidad de las disposiciones, del conocimiento del don y de la estima y aprecio, y del amar