mi sangre en vez de descender en ellas como lavado, desciende como fuego que las esteriliza
mayormente. Así que en cada confesión nuestro amor llora inconsolablemente, y sollozando
repite: ‘Ingratitud humana, cómo eres grande, por todas partes buscas ofenderme, y mientras
te ofrezco la vida tú cambias en muerte la misma vida que te ofrezco”. Ve entonces cómo
nuestros gemidos esperan tu correspondencia de amor en el Sacramento de la penitencia.
(6) Tu amor no se detenga, recorra todos los tabernáculos, cada hostia sacramental, y en
cada hostia oirás gemir al Espíritu Santo con dolor inenarrable. El Sacramento de la Eucaristía
no es sólo su vida que reciben las almas, sino es mi misma Vida que se da a ellas, así que el
fruto de este Sacramento es formar mi Vida en ellas, y cada comunión sirve para hacer crecer
mi Vida, para desarrollarla de modo de poder decir: ‘Yo soy otro Cristo’. Pero, ¡ay de Mí! qué
pocos lo aprovechan, es más, cuántas veces desciendo en los corazones y me hacen encontrar
las armas para herirme, y me repiten la tragedia de mi Pasión, y en cuanto se consumen las
especies Sacramentales, en vez de incitarme a quedar con ellas soy obligado a salir bañado en
lágrimas, llorando mi suerte Sacramental, y no encuentro quién calme mi llanto y mis gemidos
dolientes. Si tú pudieses romper los velos de la hostia que me cubren, me encontrarías bañado
en llanto conociendo la suerte que me espera al descender en los corazones. Por eso tu
correspondencia de amor por cada hostia sea continuo, para calmarme el llanto y volver menos
dolorosos los gemidos del Espíritu Santo.
(7) No te detengas, de otra manera no te encontraremos siempre junto en nuestros gemidos
y en nuestras lágrimas secretas, sentiremos el vacío de tu correspondencia de amor. Desciende
en el Sacramento del orden, aquí sí, encontrarás nuestros más íntimos dolores escondidos, las
lágrimas más amargas, los gemidos más desgarradores. El orden constituye al hombre a una
altura suprema, de un carácter divino, lo hace el repetidor de mi Vida, el administrador de los
Sacramentos, el revelador de mis secretos, de mi Evangelio, de la ciencia más sagrada, el
pacificador entre el Cielo y la tierra, el portador de Jesús a las almas; pero, ¡ay de Mí! Cuántas
veces vemos en el ordenado que será un nuevo Judas, un usurpador del carácter que le ha sido
impreso. ¡Oh! cómo gime el Espíritu Santo al ver en el ordenado arrancarse las cosas más
sagradas, el carácter más grande que existe entre el Cielo y la tierra; cuántas profanaciones,
cada acto de este ordenado hecho no según el carácter impreso, será un grito de dolor, un llanto
amargo, un gemido desgarrador. El orden es el Sacramento que encierra todos los demás
Sacramentos juntos, por eso si el ordenado sabe conservar en sí, íntegro el carácter recibido,
pondrá casi a salvo todos los otros Sacramentos, será él el defensor y el salvador del mismo
Jesús. Por eso, no viendo esto en el ordenado, nuestros dolores se concentran más, nuestros
gemidos se vuelven más continuos y dolientes, por eso corra tu correspondencia de amor en
cada acto sacerdotal para hacer compañía al amor gimiente del Espíritu Santo.
(8) Pon atento el oído de tu corazón y escucha nuestros profundos gemidos en el Sacramento
del matrimonio. ¡Cuántos desórdenes en él! El matrimonio fue elevado por Mí a Sacramento
para poner en él un vínculo sagrado, el símbolo de la Trinidad Sacrosanta, el amor divino que
Ella encierra, así que el amor que debía reinar en el padre, en la madre y en los hijos, la
concordia, la paz, debía simbolizar a la Familia Celestial. Así que debía tener sobre la tierra
tantas otras familias semejantes a la Familia del Creador, destinadas a poblar la tierra como
otros tantos ángeles terrestres, para conducirlos a poblar las regiones Celestes. Pero, ¡ay!
cuántos gemidos al ver formar en el matrimonio familias de pecado, que simbolizan el infierno
con la discordia, con el desamor, con el odio, que pueblan la tierra como tantos ángeles rebeldes
que servirán para poblar el infierno. El Espíritu Santo gime con gemidos desgarradores en cada
matrimonio al ver formar en la tierra tantas cuevas infernales. Por eso pon tu correspondencia
de amor en cada matrimonio, en cada criatura que viene a la luz, así tu gemido amoroso volverá
menos dolientes nuestros gemidos continuos.
(9) Nuestros gemidos no han terminado aún, por eso tu correspondencia de amor llegue al
lecho del moribundo cuando le es administrado el Sacramento de la extrema unción. Pero, ¡ay!
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