aquellos que lo ofenden, ni lo empequeñecen, ni lo decoloran, nada pierde de lo que es, siempre
queda dominante sobre todo, es siempre el Ser Eterno, Inmenso, Infinito, amable y adorable.
En cambio yo no tengo soberanía, ni dominio, y con el estar privada de Jesús me
empequeñezco, me decoloro, me siento disolver en la nada, me vuelvo nauseabunda e
insoportable aun a mí misma. Mira entonces, ¡oh! Jesús, cómo mis penas son más grandes que
las tuyas, ah, Tú sabes las penas que te dan las criaturas, pero no sabes las penas que puede
dar un Dios, y cuánto pesa tu privación.
(2) Mi pobre mente desvariaba, sentía que no hay pena que pueda compararse a la pena de
la privación de Jesús, es una pena sin principio ni fin, incalculable e irremediable, cual es Jesús
tal se vuelve la pena. Mi pobre corazón estaba ahogado y sin vida, y para no desvariar más me
he esforzado en no comparar mis penas con las de Jesús y pasar a otra cosa, sólo rogaba que
me diera la fuerza, y como la pena de su privación era tan grande y tenía un sonido misterioso
y divino que no tienen las otras penas, y un peso que supera el peso de todas las otras penas
juntas, rogaba que por bondad suya aceptase mi pena, y en vista de ésta me diera la gracia más
grande: Que todos conocieran su Santísima Voluntad, y con su sonido misterioso y divino
resuene en todos los corazones y llame a todos a cumplir la Santísima Voluntad, aplastando con
su peso la voluntad humana, las pasiones, el pecado, a fin de que todos te conozcan, te amen,
y comprendan qué significa la pérdida de un Dios. ¿Pero quién puede decir todo lo que
pensaba? Si dijera todo sería demasiado largo; mas bien, habría querido pasar todo en silencio
y no poner en el papel mis secretos, pero la obediencia se ha impuesto y he tenido que decir
Fiat.
(3) Después me sentía extenuada y sin fuerzas y no podía más, y mi dulce Jesús teniendo
compasión de mí, ha salido de dentro de mi interior, todo agitado, con la boca toda llena de
sangre, y era tanta la sangre que le impedía hablar, pero con su mirada triste me pedía ayuda.
Ante las penas de Jesús olvidé las mías, es más, estando Él yo no tenía más penas, y le he
rogado que sufriéramos juntos. Entonces, después de haber sufrido juntos un poco, la sangre
de la boca se ha detenido, y viendo cómo me había reducido por su privación me estrechaba a
Sí, se extendía en mí para llenarme de Él, y después me ha dicho:
(4) “Pobre hija mía, cómo te has reducido, tienes razón, la pena de la privación de un Dios es
la más grande, y como es grande se necesitaba toda la fuerza de mi Voluntad para sostenerte.
Pero tú no sabes qué significa sufrir en mi Voluntad, dondequiera que está mi Voluntad corría tu
pena, en la tierra, en el Cielo, en los santos y en los ángeles, y en cuanto les llegaba, todos se
ponían en acto de mirarte y de ayudarte, así que todos estaban atentos a ti, y si el paraíso fuera
capaz de pena, habría cambiado en dolor todas sus alegrías y felicidad, pero no siendo capaz
de pena todos imploraban gracias como correspondencia de una pena tan grande. Entonces,
las penas del alma que vive en mi Voluntad son la cruz de todos, que satisfacen por todo y
convierten en celestial rocío el furor de la justicia divina. Por eso date ánimo y no quieras salir
jamás de mi Voluntad”.
(5) Yo he quedado confundida, esperaba de Jesús un reproche por mis desatinos, pero nada,
y hemos quedado en perfecta paz.
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