(7) Y yo: “¿Cuándo regresas?”.
(8) Y Jesús: “Dentro de tres años”.
(9) Y ha tomado el camino para alejarse. ¿Pero quién puede decir mi dolor? Repetía entre
mí, entre las lágrimas y conmocionada: “De aquí a tres años lo volveré a ver, ¡oh Dios! ¿Cómo
haré?” Pero era tanto el dolor que casi perdí el sentido y no comprendí más nada; pero mientras
estaba en esto, en cuanto abrí los ojos vi que Jesús había dado la vuelta y subía por mi otra
rodilla, y poco a poquito se acurrucaba en mi regazo y con sus manitas me acariciaba, me
besaba y me repetía:
(10) “Cálmate, cálmate, que no te dejo”.
(11) Y conforme me decía no te dejo, yo me sentía recobrar, darme nuevamente la vida, y me
he encontrado en mí misma, pero con tal temor, que me sentía morir.
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18-10
Noviembre 1, 1925
La pena de la privación de Jesús supera la misma pena del
infierno. La Voluntad de Dios se ofrece en ayuda y todo
el Cielo está vuelto hacia el alma.
(1) He pasado días amarguísimos privada de mi dulce Jesús, el pensamiento de no verlo más
martillaba mi pobre corazón como sobre de un yunque con repetidos golpes crueles de martillo.
¡Ah! Jesús, me has puesto en un infierno viviente, mas bien mis penas superan las mismas
penas infernales; ay, los condenados no te aman y como les falta el germen del amor huyen de
Ti, no suspiran tu abrazo, sus penas se recrudecerían más con tu presencia; un amor odiado no
soporta la presencia de la persona que odia, por eso, para ellos es más soportable tu privación,
pero para mí, infeliz, es todo lo contrario, yo te amo, siento el germen del amor hasta en mis
huesos, en los nervios, en la sangre. ¡Ah! ¿no te acuerdas que con haber vivido por más de
cuarenta años juntos, Tú me llenabas de Ti los huesos, los nervios, la sangre, toda yo misma?
Yo me sentía como una vestidura que te cubría y te escondía en mí, y ahora, privada de Ti me
siento vacía de todo, así que mis huesos gritan, mis nervios, mi sangre, gritan que quieren a
Aquél que los llenaba, así que dentro de mí hay un grito continuo que me lacera, que me
desgarra: ‘Que te quieren a Ti que llenabas mi vida’. ¿Ves entonces cuántos desgarros crueles
sufre mi pobre existencia? ¡Ah! en el infierno no hay estas penas atroces, estos crueles
desgarros, este vacío de un Dios poseído y amado, ¡ah Jesús, regresa a quien te ama, regresa
a la infeliz de las infelices, pero hecha infeliz sólo por Ti, sólo por causa tuya. ¡Ah! lo puedo
decir, Tú solo me has vuelto infeliz, otra infelicidad yo no conozco. Ahora, mientras nadaba en
el mar amargo de la privación de mi Jesús, me he puesto a considerar las penas del corazón de
mi Jesús para hacer una comparación con las penas de mi pobre corazón, pero en vez de
encontrar un consuelo en las penas de Jesús, mis penas más se recrudecían pensando entre
mí que mis penas superaban las de mi Jesús, porque las penas del corazón de Jesús, por cuanto
grandes, eran penas que le daban las criaturas, y si éstas, ingratas lo ofenden y huyen de Él,
son siempre criaturas finitas, no el Ser Infinito; en cambio para mí son penas que me da un Dios,
no es una criatura que me huye, sino es un Dios, el Ser Infinito. Jesús no tiene otro Dios que lo
pueda dejar, ni puede tenerlo, por lo tanto no puede sufrir la pena que sobrepasa toda pena, la
de estar privado de un Dios. En cambio mi pena de estar privada de un Dios es grande, es
infinita, por cuanto es grande e infinito Dios. ¡Ah, su corazón traspasado no ha sufrido esta pena
y le falta la herida de la pena de la privación divina a su corazón herido; y además, por cuantas
penas le den las criaturas, mi Jesús no pierde jamás su soberanía, su dominio, aun sobre
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