de reparación, de compadecimiento, de amor y de sustitución a mi Vida’. En este acto solo
encuentra todo, todo lo hace suyo y por doquier pone su correspondencia de amor, por eso el
vivir en mi Voluntad es el prodigio de los prodigios, es el encanto de Dios y de todo el Cielo,
porque ven correr la pequeñez de la criatura en todas las cosas de su Creador, y como rayo
solar unido a este acto solo se difunde por doquier y en todos. Por eso te recomiendo que
jamás, aun a costa de tu vida, salgas de este acto solo de mi Voluntad, a fin de que repita en ti
como en acto, la Creación, Redención y Santificación.
(3) Mira, también la naturaleza contiene la semejanza de este acto solo: En la atmósfera el
sol tiene un acto único, desde que fue creado por Dios hace siempre un acto solo, su luz, su
calor están tan fundidos juntos que se vuelven inseparables el uno del otro, y está siempre en
acto, desde lo alto, de mandar luz y calor, y mientras desde lo alto no sabe hacer otra cosa que
un solo acto, la circunferencia de su luz que desciende a lo bajo es tan grande, que abraza toda
la tierra, y con su abrazo produce innumerables efectos, se constituye vida y gloria de todas las
cosas creadas. En virtud de este acto único tiene virtud de encerrar en sí cada planta, y
suministra: a quién el desarrollo, a quién la maduración de los frutos, a quién la dulzura, a quién
el perfume; se puede decir que toda la tierra mendiga del sol la vida, y cada planta, aun el más
pequeño hilo de hierba implora del sol su crecimiento y cada fruto que deben producir, pero el
sol no cambia jamás acción, se gloría de hacer siempre un acto solo.
(4) También la naturaleza humana contiene la semejanza de un acto solo, y ésta lo contiene
el latido del corazón. Comienza la vida humana con el latido; éste hace siempre un acto único,
no sabe hacer otra cosa que latir, pero la virtud de este latido, los efectos, son innumerables
sobre la vida humana: Conforme late y a cada latido hace circular la sangre en los miembros,
hasta en las partes extremas, y conforme late da la fuerza a los pies para caminar, a las manos
para obrar, a la boca para hablar, a la mente para pensar; suministra el calor y la fuerza a toda
la persona, todo depende del latido, tan es verdad, que si el latido es un poco débil se pierde la
energía, las ganas de obrar; la inteligencia se disminuye, se llena de dolores y llega un malestar
general; y si cesa el latido cesa la vida. La potencia de un acto solo continuamente repetido es
grande, mucho más el acto único de un Dios Eterno, que tiene virtud de hacer todo con un solo
acto. Por eso ni el pasado ni el futuro existen en este acto, y quien vive en mi Voluntad se
encuentra ya en este acto único, y así como el corazón hace siempre un latido en la naturaleza
humana, que se constituye vida de ella, así mi Voluntad en el fondo del alma late continuamente,
pero con un latido único, y a medida que late le da la belleza, la santidad, la fortaleza, el amor,
la bondad, la sabiduría. Este latido encierra Cielo y tierra, es como circulación de sangre, como
circunferencia de luz se encuentra en los puntos más altos y en las partes más extremas. Donde
este acto único, este latido del alma tiene pleno vigor y reina completamente, es un prodigio
continuado, es el prodigio que sólo un Dios sabe hacer y por eso se descubren en el alma nuevos
cielos, nuevos abismos de gracias, verdades sorprendentes. Pero si se le pregunta, ¿de dónde
tanto bien? Respondería unida con el sol, junto con el latido humano y con el acto solo del Dios
eterno: Hago una sola cosa, hago siempre la Voluntad de Dios y vivo en Ella, este es todo mi
secreto y toda mi fortuna”.
(5) Dicho esto ha desaparecido, pero después me he encontrado fuera de mí misma con el
niño Jesús en brazos. Estaba tan pálido y temblaba todo, con los labios lívidos, frío y tan
demacrado que daba piedad; me parecía que se había refugiado en mis brazos para ser
defendido. Yo me lo estreché a mi corazón para calentarlo, le tomaba sus manitas y sus piecitos
en mis manos, los estrechaba para hacer que no temblara, lo besaba y lo volvía a besar, le decía
que lo amaba mucho, mucho, y mientras esto hacía el niño iba recuperando su color, dejaba de
temblar, reaccionaba todo y se estrechaba más a mí. Pero mientras yo creía que se quedaría
siempre conmigo, con sorpresa vi que poco a poco descendía de mis rodillas, yo he gritado
jalándolo con el brazo: “Jesús, ¿a dónde vas? Cómo, ¿me dejas?”
(6) Y Él: “Debo irme”.