atónitos reconocían la Voluntad de su Creador como vida y obrante en Ella, y estremeciéndose
decían: ‘¡Santa, Santa, Santa, honor y gloria a la Voluntad de nuestro Soberano Señor y gloria
y tres veces Santa Aquélla que ha hecho obrar a esta Suprema Voluntad!’ Así que es mi
Voluntad la que más que todo fue y es festejada en el día de la Asunción al Cielo de mi Madre
Santísima; fue mi Voluntad únicamente la que la hizo ascender tan alto que la distinguió entre
todas las criaturas, todo lo demás habría sido nada si no hubiera poseído el prodigio de mi
Querer. Fue mi Voluntad que le dio la Fecundidad Divina y la hizo Madre del Verbo, fue mi
Voluntad la que le hizo ver y abrazar a todas las criaturas juntas, haciéndose Madre de todas y
amando a todas con un amor de Maternidad Divina, y haciéndola Reina de todos la hacía
imperar y dominar. En aquel día mi Voluntad recibió los primeros honores, la gloria y el fruto
abundante de su labor en la Creación, y comenzó su fiesta que jamás interrumpe por la
glorificación de su obrar en mi amada Madre; y si bien el Cielo fue abierto por Mí, y muchos
santos estaban ya en posesión de la Patria Celestial cuando la Reina Celestial fue asunta al
Cielo, sin embargo la causa primaria era precisamente Ella, que había cumplido en todo la
Suprema Voluntad, y por eso se esperó a Aquélla que tanto la había honrado y contenía el
verdadero prodigio de la Santísima Voluntad para hacer la primera fiesta al Supremo Querer.
¡Oh, cómo todo el Cielo glorificaba, bendecía, alababa a la Eterna Voluntad cuando veía a esta
sublime Reina entrar en el Empíreo, en medio de la corte celestial, toda fundida en el Sol Eterno
del Querer Supremo! La veían toda adornada por la potencia del Fiat Supremo, no había habido
en Ella ni siquiera un latido que no tuviera impreso este Fiat, y atónitos la miraban y le decían:
‘Asciende, asciende más arriba, es justo que Aquélla que tanto ha honrado al Fiat Supremo y
que por medio suyo nos encontramos en la Patria Celestial, tenga el trono más alto y que sea
nuestra Reina’. Y el más grande honor que recibió mi Mamá fue el ver glorificada la Divina
Voluntad”.
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18-3
Septiembre 16, 1925
Jesús fue siempre igual en las penas. El ser siempre
igual es virtud divina. El silencio de Jesús.
(1) Mis días son siempre más amargos por las largas privaciones de mi dulce Jesús. Sólo su
Voluntad me ha quedado como preciosa herencia de sus tantas visitas hechas a mi pobre alma,
pero ahora he quedado sola, olvidada por Aquél que formaba mi vida, que me parecía estar
fundidos juntos, y que ni Él podía estar sin mí, ni yo sin Él; y mientras pienso: ¿Dónde, a dónde
habrá ido Aquél que tanto me amaba? ¿Qué he hecho que me ha dejado? ¡Ah Jesús, regresa,
regresa que no puedo más! Y mientras quisiera abandonarme al dolor y pensar en mi gran
desventura por haber perdido a Aquél en quien había puesto todas mis esperanzas, mi felicidad,
el Santo Querer Divino se impone sobre mí haciéndome hacer el curso de mis actos en su
adorable Voluntad, y casi me impide dolerme más por estar privada de mi único bien, y quedo
como petrificada, inmóvil, toda sola, sin el mínimo consuelo ni del Cielo ni de la tierra. Ahora,
mientras me encontraba en este estado, estaba pensando en diversas penas de la Pasión de
Jesús, el cual haciéndose ver por poco tiempo me ha dicho:
(2) “Hija mía, en todas mis penas fui siempre igual, jamás cambié, mi mirada fue siempre
dulce, mi rostro siempre sereno, mis palabras siempre calmadas y dignas; en toda mi persona
había tal igualdad de modos, que si hubieran querido conocerme como su Redentor, sólo por mi
modo siempre igual en todo y por todo me hubieran conocido. Es verdad que mis penas fueron
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