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Junio 11, 1925
El mal de no hacer la Divina Voluntad es irreparable. Así como la
Divina Voluntad es el equilibrio de los atributos de Dios, así debería
ser el equilibrio de los atributos del hombre.
(1) Mi pobre mente me la sentía sumergida en la Santísima Voluntad de Dios. ¡Oh, cómo
habría querido que ni siquiera un respiro, un latido, un movimiento hiciera yo fuera del Querer
Supremo! Me parecía que todo lo que se hace fuera de la Voluntad de Dios nos hace perder
nueva belleza, nueva gracia y luz, y nos pone como en desemejanza con nuestro Creador,
mientras que Jesús quiere que en todo nos semejemos a nuestro Supremo Creador. ¿Y en qué
otro modo más fácil podemos semejarnos, que recibir en nosotros la Vida continua de su
Santísima Voluntad? Ella nos trae los reflejos, los lineamientos de nuestro Padre Celestial, nos
mantiene íntegra la finalidad de la Creación, nos circunda en modo de conservarnos bellos y
santos tal como Dios nos creó, y nos da aquello siempre nuevo de belleza, de luz, de amor
jamás interrumpido que sólo en Dios se encuentra. Ahora, mientras mi mente se perdía en el
Querer Eterno, mi dulce Jesús, estrechándome a Él, con voz audible me ha dicho:
(2) “Hija mía, no hay cosa que pueda igualar el gran mal de no hacer mi Voluntad, no hay bien
que pueda igualarlo, no hay virtud que pueda hacerle frente, así que el bien que se pierde con
no hacer mi Voluntad es irreparable, y sólo con volver de nuevo en Ella puede encontrar remedio,
y ser restituidos los bienes que nuestra Voluntad había establecido dar a la criatura. En vano
se ilusionan las criaturas con hacer otras obras, virtudes, sacrificios, pues si no son partos de mi
Voluntad y hechos sólo para cumplirla, no son reconocidas por Mí; mucho más porque está
establecido el dar la gracia, los auxilios, la luz, los bienes y el justo premio a quien obra para
cumplir mi Voluntad. Además, mi Voluntad es eterna, no tiene principio ni tendrá fin, ¿y quién
puede calcular un acto hecho en mi Voluntad, sin principio y sin fin? Ese acto queda circundado,
lleno de bienes sin fin; tal cual es mi Voluntad, tal hace el acto. En cambio las virtudes, las obras
y sacrificios sin mi Voluntad, tienen un principio, como también un fin; ¿qué gran cosa de premio
pueden recibir cosas sujetas a perecer? Además de esto, mi Voluntad es el equilibrio de mis
atributos: Si mi potencia no tuviera esta Voluntad Santa, se manifestaría en tiranía hacia quien
tanto me ofende, en cambio equilibrando mi potencia, me hace derramar gracias donde debería
derramar furor y destrucción. Mi sabiduría, si no fuera por mi Voluntad que le da vida siempre
nueva, no manifestaría tanto arte y maestría en nuestras obras. Nuestra belleza sería
descolorida y sin atractivo si no fuera sostenida por esta Voluntad eterna. La Misericordia se
convertiría en debilidad si no estuviera equilibrada por mi Voluntad, y así de todo el resto de
nuestros atributos. Ahora, nuestra Paterna Bondad tiene tanto amor hacia las criaturas, que ha
establecido el equilibrio del hombre en nuestra Voluntad; era justo que habiendo salido este
hombre de la Voluntad Suprema, Ella se hiciera vida que mantuviera el equilibrio a todo el obrar
del hombre, dándole la semejanza de su Creador, así que se debía ver en él tal dignidad,
majestad, orden en el obrar, para reconocerlo como parto de su Creador. Entonces, también
por el obrar se puede ver si está el equilibrio de mi Voluntad, o bien el de la humana. Esta es la
causa de tantas obras, tal vez aun buenas, pero que no se ve el equilibrio, el régimen, el orden,
porque falta la ejecución de mi Voluntad, y por eso en vez de admirarse son de lamentarse, y
en lugar de dar luz dan tinieblas. Si todo el bien viene de mi Voluntad, sin Ella son bienes
aparentes, sin vida, y tal vez aún venenosos, que envenenan a quienes toman parte”.
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