(3) Y ella al oír esto se pone en fiesta y pone en fiesta a las Tres Divinas Personas, que
esperan el desempeño de su oficio que le han confiado, y ella con una gracia propia de niña
dice:
(4) “Vengo a adoraros, a bendeciros, a agradeceros por todos, vengo a atar a vuestro trono
todas las voluntades humanas de todas las generaciones, desde el primero hasta el último
hombre, a fin de que todos reconozcan vuestra Voluntad Suprema, la adoren, la amen y le den
vida en sus almas. Majestad Suprema, en este vacío inmenso están todas las criaturas, y yo
quiero tomarlas todas para ponerlas en vuestro Santo Querer, a fin de que todas regresen al
principio del cual salieron, es decir, a vuestra Voluntad, por eso he venido en vuestros brazos
paternos para traeros a todos vuestros hijos, mis hermanos, y atarlos todos con vuestra
Voluntad, y yo a nombre de todos y por todos, quiero repararos y daros el homenaje y la gloria,
como si todos hubieran hecho vuestra Santísima Voluntad. Pero ¡ah! os ruego que ya no haya
más separación entre Voluntad Divina y humana, es una pequeña niña la que esto os pide, y a
los pequeños yo sé que Vosotros no sabéis negar nada”.
(5) Pero quién puede decir todo, sería demasiado largo, además me faltan las palabras para
expresar lo que digo frente a la Majestad Suprema, me parece que aquí en el bajo mundo no se
usa el lenguaje de aquel vacío inmenso.
(6) Otras veces, mientras me fundo en el Querer Divino y aquel vacío inmenso se hace
presente a mi mente, giro por todas las cosas creadas e imprimo en ellas un te amo para la
Majestad Suprema, como si yo quisiera llenar toda la atmósfera de tantos ‘te amo’ para
corresponder al Amor Supremo por tanto amor hacia las criaturas, es más, giro por cada
pensamiento de criatura e imprimo en ellos mi ‘te amo’, por cada mirada y dejo en ellas mi ‘te
amo’, por cada boca, y en cada palabra sello en ella mi ‘te amo’, por cada latido, obra y paso y
los cubro con mi ‘te amo’ a mi Dios, desciendo hasta allá abajo, en el mar, en el fondo del
océano, y en cada serpenteo de pez, en cada gota de agua, los quiero llenar de mi ‘te amo’.
Después de que por todas partes, como si sembrara mi ‘te amo’, la pequeña niña va ante la
Majestad Divina y como si quisiera darle una sorpresa dice:
(7) “Mi Creador y Padre mío, mi Jesús y mi eterno amor, mira, todas las cosas por parte de
todas las criaturas os dicen que os aman, por todas partes está el ‘te amo’ para Vosotros, Cielo
y tierra están llenos; ¿y Vosotros no concederéis a la pequeña niña que vuestra Voluntad
descienda en medio de las criaturas, que se haga conocer, que haga paz con la voluntad
humana, y tomando su justo dominio, su lugar de honor, ninguna criatura haga más su voluntad,
sino siempre la Vuestra?”
(8) Otras veces, mientras me fundo en el Divino Querer, quiero dolerme de todas las ofensas
hechas a mi Dios, y retomando mi giro en aquel vacío inmenso para encontrar todo el dolor que
mi Jesús tuvo por todos los pecados, lo hago mío y giro por todos lados, en los lugares más
recónditos y secretos, en los lugares públicos, sobre todos los actos humanos malos para
dolerme por todas las ofensas y por cada pecado, siento que quisiera gritar a cada movimiento
de la criatura: “Dolor, perdón”. Y para hacer que todos lo oigan lo imprimo en el rumor del
trueno, a fin de que truene en todos los corazones: “Dolor por haber ofendido a mi Dios; perdón
en el estallido del rayo; dolor en el silbido del viento; dolor, perdón en el tintineo de las campanas;
dolor y perdón, en suma en todo”. Luego llevo a mi Dios el dolor de todos e imploro perdón por
todos y digo: “Gran Dios, haced descender vuestra Voluntad a la tierra, a fin de que el pecado
no tenga más lugar. Es la voluntad humana la que produce tantas ofensas que parece que
inunda toda la tierra de pecados; vuestra Voluntad será la que destruya todos los males, por eso
os pido que contentéis a la pequeña hija de vuestra Voluntad, que no quiere otra cosa que
vuestra Voluntad sea conocida y amada y reine en todos los corazones”.
(9) Recuerdo que un día estaba fundiéndome en el Santo Querer Divino, y yo miraba el cielo
que llovía a cántaros y sentía gusto al ver caer el agua a la tierra; y mi dulce Jesús moviéndose
en mi interior, con amor y ternura indecibles me decía:
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