venir en mi Voluntad, para restituirle los derechos que por Nosotros habían sido dados al hombre
cuando lo creamos. Las vías son necesarias para facilitar el camino, son medios para poder
frecuentemente hacer una visita a su propia Patria Celestial, y conociendo cuán bella es su
Patria, cuán feliz se está en Ella, la ame y aspire a tomar la posesión, por tanto viva desapegado
del exilio. Estos caminos en la criatura eran necesarios para hacer que frecuentemente subiera
a su verdadera Patria, la conociera y la amara, y una señal de que el alma está en estas vías y
de que ama su Patria Celestial es, si poniéndose en camino en nuestra Voluntad hace sus
visitas. Esta es también una señal para ti, no recuerdas cuántas veces tomabas el camino del
Cielo y penetrabas en las regiones celestiales y haciendo tu breve visita, mi Querer te hacía
descender de nuevo al exilio, y tú amando la Patria, el exilio te parecía feo y casi insoportable.
Este amar la Patria, sentir la amargura de vivir en el exilio, es una buena señal para ti, que la
Patria es tuya. Mira, también en las cosas bajas de este mundo sucede igual: Si uno tiene una
gran posesión, se forma el camino para ir frecuentemente a visitarla, a gozarla, a tomar los
bienes que hay en ella, y mientras la visita, la ama y se la lleva en su propio corazón, pero si en
cambio no se forma un camino, jamás visita su posesión, porque sin camino es casi inaccesible,
y no habla nunca de ella, esto es una señal de que no la ama y desprecia sus mismos bienes, y
a pesar de que podía ser un rico, él, por su mala voluntad es un pobre que vive en la más
escuálida miseria. He aquí por qué mi sabiduría al crear al hombre quiso formar las vías entre
Yo y él, para facilitarle la santidad, la comunicación de nuestros bienes y la entrada a la Patria
Celestial”.
+ + +
17-33
Marzo 1, 1925
Cómo cada acto más de bien que hacemos, es un hilo de voluntad
humana que se ata a la corriente de luz eterna, y vuelve más
plena, más fuerte, más brillante la luz en nuestra alma.
(1) Me sentía muy amargada por la pérdida de mi dulce Jesús, ¡oh! cómo lloraba mi pasado,
cuando su amable presencia hacía feliz mi pobre existencia, aun en medio de las más duras
penas mi pobre lecho era para mí un pequeño paraíso, me sentía reina junto con mi amable
Jesús, dominadora de mí misma, y con el contacto continuo con Él me sentía como dominadora
de su mismo corazón divino; y ahora, ¡cómo ha cambiado mi felicidad! Es más, cada vez que
lo busco y no lo encuentro, una infelicidad me rodea, me arranca un fragmento de vida, porque
sólo Jesús es mi vida, y siento más a lo vivo las penas de mi duro exilio. ¡Oh! cuán cierto es
que no son las penas las que hacen infeliz a la criatura, sino el bien querido y no encontrado. Y
mientras le decía: Ten piedad de mí, no me abandones, ven, resurge en mi pobre alma inmersa
en las amargas aguas de tu privación. He sentido que mi amado Bien, mi dulce Vida se movía
en mi interior, y poniéndome sus brazos al cuello me ha dicho:
(2) “La hija mía, la hija mía”.
(3) Yo he mirado que Jesús salía de un fondo de luz, y al extender sus brazos la luz se
extendía junto a Él, pero aquella luz no era toda plena, se veía un vacío en la misma luz, pero si
bien se veía el vacío, pero no se veían tinieblas, sólo como si se necesitaran otros hilos de luz
para llenar ese vacío y para hacer más intensa, más fuerte, más brillante aquella luz. A la vista
de Jesús me he sentido resurgir de muerte a vida; sus palabras, la hija mía, la hija mía,
cambiaron en ese momento mi infelicidad, porque estar con Jesús y ser infeliz es imposible, a
lo más se puede estar con Jesús sufriendo en las penas más atroces, pero infeliz, jamás, es
más, parece que la infelicidad, si es que está en el alma, huye de la presencia de Jesús y da
lugar a la felicidad que Jesús lleva Consigo. Entonces, continuando sus palabras me ha dicho: