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Febrero 15, 1925
La Divina Voluntad en el Cielo es confirmante, beatificante,
felicitante, divinizante; en la tierra, en el alma, es obrante y
forma en ella las olas eternas que arrollan todo.
(1) Estaba toda abandonándome en la Santísima Voluntad de Dios, y estando en ese total y
pleno abandono sentía en mí un nuevo cielo, un aire todo divino que me infundía una nueva
vida. Y mi siempre amable Jesús, moviéndose en mi interior, me parecía que me extendía los
brazos para recibirme y esconderme en Él y ponerme bajo este nuevo cielo de su Voluntad, que
en mí, con su gracia se había formado, y yo con gran contento respiraba el aire balsámico y
dulce de su Santísima Voluntad. Entonces yo llena de asombro he dicho:
(2) “¡Amor mío, mi Jesús, cómo es bello el Cielo de tu Voluntad! Cómo se está bien debajo
de Ella, ¡oh, cómo es refrescante y saludable su aire celestial!” Y Jesús, estrechándome más
fuerte a Él me ha dicho:
(3) “Hija de mi Voluntad, cada acto en mi Voluntad es un nuevo cielo que se extiende sobre
la cabeza del alma, uno más bello que el otro. El aire de estos cielos es divino y lleva consigo:
santidad, amor, luz, fortaleza, y contiene todos los gustos juntos; por eso se siente balsámico y
dulce. Mi Voluntad en el Cielo es confirmante, beatificante, felicitante y penetrante por doquier,
transformante, divinizante todo en Sí; en cambio en el alma que posee estos nuevos cielos de
mi Voluntad en la tierra, es obrante, y mientras obra se deleita en extender nuevos cielos. Así
que mi Voluntad trabaja y obra más en el alma viadora que en la Jerusalén Celestial; allá, las
obras de los santos están ya cumplidas, no queda más qué hacer; en cambio aquí mi Voluntad
siempre tiene qué hacer en el alma en la cual Ella reina, por eso quiere todo para Ella, no quiere
dejar ningún acto a la voluntad humana, porque quiere hacer mucho, y en cada acto que cediera
a la voluntad humana le faltaría extender un cielo de más y sería una obra suya de menos. ¡Ah!
tú no sabes lo que sucede en el alma cuando da toda la libertad a mi Voluntad de obrar en ella,
y el alma obra en mi Voluntad. Imagínate el mar cuando se elevan tan fuertes y altas las olas
que no sólo las aguas, sino que la fuerza de las olas transporta aun a los peces a lo alto, de
modo que se ve en aquellas olas, transportados por la fuerza de la tempestad, que aun los peces
son sacados del fondo del mar, de su diaria morada para elevarse en alto junto con las olas; las
olas los han arrollado y no han podido resistir esa fuerza, mientras que sin la fuerza de las olas
no saben salir de su morada. ¡Oh! si el mar tuviera una fuerza sin límite haría salir toda el agua
de su lecho, formando olas altísimas y todos los peces arrollados en ellas. Pero lo que no puede
hacer el mar porque es limitado en su fuerza, lo hace mi Voluntad; conforme hace suyos los
actos del alma obrando en ella, ahí forma las olas eternas, y en estas arrolla todo, y se ven en
estas olas lo que hizo mi Humanidad, las obras de mi Celestial Mamá, las de todos los santos y
todo lo que hizo la misma Divinidad, todo es puesto en movimiento. Mi Voluntad es más que
mar, nuestras obras, las de los santos, pueden ser semejanzas de los peces que viven en el
mar; cuando mi Voluntad obra en el alma, y aun fuera del alma, todo lo que hay en Ella, todo se
mueve, se eleva, se ponen en orden para repetirnos la gloria, el amor, la adoración, desfilan
ante Nosotros diciéndonos: ‘Somos obras tuyas, grande y poderoso eres Tú, pues así tan bellas
nos has hecho’. Mi Voluntad encierra todo lo bello y lo bueno, y cuando obra nada deja atrás,
para hacer que en aquel acto nada falte de lo que es nuestro, para hacer que sea completa
nuestra gloria; y no hay de qué asombrarse, porque es el obrar eterno el que se desarrolla en el
alma. Por eso el obrar de mi Voluntad se puede llamar ola eterna, que arrolla Cielo y tierra como
en un punto solo, y después se difunde sobre todos como portadora de un acto divino. ¡Oh!
cómo goza el Cielo cuando ve obrar en el alma a la Voluntad Eterna, porque habiendo sido
confirmadas sus obras en la Divina Voluntad en el Cielo, ven correr sus obras en aquel acto
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