me parecía que era el mundo, en el cual Jesús estaba en el centro, y Jesús parecía preocupado
por la suerte del mundo que corre precipitadamente a su destrucción. Entonces Jesús tomó un
punto de aquel espacio y lo apoyaba sobre mí; yo me sentía aplastar bajo el peso, pero estaba
contenta de que mi Jesús, mi Vida, estaba junto a mí. Y al verlo junto a mí habría yo querido
llorar para moverlo a piedad de mi desgarrador estado, habría querido decirle quién sabe
cuántas cosas, pero en cuanto le dije: “Jesús, no me dejes más, ¿no ves que sin Ti no puedo
resistir en este exilio?” Él, todo bondad me dijo:
(2) “No te dejo, no, no, esta es una afrenta que quieres dar a tu Jesús, Yo no dejo jamás a
nadie, las criaturas son las que se retiran de Mí, no Yo de ellas; es más, Yo voy junto a ellas,
así que no me quieras hacer más esta afrenta diciéndome que pueda dejarte. Además, ¿no has
visto que estaba dentro de ti, no fuera de ti, y no sólo Yo, sino todo el mundo junto?”
(3) Entonces yo mirando a Jesús, veía su inteligencia más que un sol, y todos los
pensamientos de Jesús como tantos rayos que salían de ese sol, que extendiéndose recorrían
todos los pensamientos de las criaturas pasadas, presentes y futuras. Estos rayos caminaban
para tomar, como en un puño, todas las inteligencias creadas y sustituirse como gloria perenne
al Padre, como reparación completa de todo y como impetración de todos los bienes a todas las
inteligencias creadas. Entonces Jesús atrayéndome a Él me ha dicho:
(4) “Hija mía, este sol que tú ves en la inteligencia de mi Humanidad fue formado por mi
Divinidad, la cual me dotó con la potencia creadora y con la omnividencia de todas las cosas,
de manera que Yo debía ser el nuevo Sol de las almas; y así como el sol que creé para bien de
la naturaleza recorre con su luz toda la tierra, sin negar a nadie los efectos de su luz a pesar de
que no se aparta del cielo, sino que hace partir de su centro los rayos que llevan los bienes que
contiene el sol a toda la tierra, así mi Divinidad, sin partir de Mí, con su luz inaccesible formaba
una aureola de luz, y estos rayos recorrían todos y todo, y Yo recorría a cada instante cada
pensamiento, palabra y acto de todas las criaturas y me constituía en gloria perenne para mi
Padre por cada pensamiento, acto, palabra, etc., de todas las generaciones humanas. Esta luz,
mientras se elevaba hacia mi Padre Celestial, descendía para tomar como en un puño todos los
actos humanos para iluminarlos, calentarlos y repararlos, así que, sobre cada acto humano
pende una luz que continuamente quiere hacerle el bien. En Mí el hacer esto era como
connatural; tú, hija mía, no tienes esta potencia de hacer en todos los actos un acto solo, como
hacía Yo, por eso en mi Voluntad recorrerás uno a uno cada uno de los rayos, y poco a poco
harás el camino que hizo mi Humanidad”.
(5) Entonces yo he buscado de recorrer el primer rayo, luego el segundo, y así de los demás,
pero, ¡oh! potencia del Divino Querer, mientras recorría esos rayos, yo era tan pequeña que me
parecía haberme vuelto un átomo, y este átomo ahora se encontraba en la inteligencia divina, y
recorría las inteligencias de las criaturas, ahora se encontraba en la palabra y ahora en el
movimiento divino, y recorría las palabras y los movimientos de las criaturas, y así de todo lo
demás. Entonces la Divinidad al ver mi extrema pequeñez en su inteligencia, en su palabra y
en su movimiento, presa de amor por mi pequeñez quedaban raptados, y complacidos han
dicho:
(6) “Esta pequeñez nos rapta, y al verla entrar en nuestros mismos actos para hacerlos junto
con Nosotros, para difundirlos sobre todos, sentimos tales gozos y tal complacencia y recibimos
la misma gloria nuestra, que con todo amor le damos la libertad de entrar en Nosotros para
hacerla obrar junto con Nosotros”.
(7) Yo me sentía toda confundida al oír esto y decía entre mí: “Yo no hago nada, es el Divino
Querer que me lleva entre sus brazos, por lo tanto toda la gloria es de su adorable Voluntad”.
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