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Diciembre 24, 1924
La pena de la muerte fue la primer pena que Jesús sufrió y le duró
toda su Vida. La Encarnación no fue otra cosa que un darse en
poder de la criatura. La firmeza en el obrar.
(1) Mis días son siempre más dolorosos, están bajo la prensa de la dura privación de mi dulce
Jesús, que como arma mortífera está sobre mí para matarme continuamente; pero mientras
prepara el último golpe, lo deja suspendido sobre mi cabeza, y yo espero como refrigerio este
último golpe para irme con mi Jesús, pero en vano espero, y mi pobre alma y también mi
naturaleza me las siento consumir y deshacer. ¡Ah! mis grandes pecados no me hacen merecer
el morir. ¡Qué pena, qué larga agonía! ¡Ah, mi Jesús, ten piedad de mí! Tú, que eres el único
que conoces mi estado desgarrador no me abandones ni me dejes a merced de mí misma.
Ahora, mientras me encontraba en este estado me he sentido fuera de mí misma, dentro de una
luz purísima, y en esta luz descubría a la Reina Mamá y al pequeño niño Jesús en su seno
virginal. ¡Oh Dios, en qué estado tan doloroso se encontraba mi amable niñito! Su pequeña
Humanidad estaba inmovilizada, estaba con los piecitos y las manitas inmóviles, sin el más
pequeño movimiento, no había espacio ni para poder abrir los ojos ni para poder libremente
respirar; era tanta la inmovilidad que parecía muerto mientras estaba vivo, y pensaba entre mí:
“¡Quién sabe cuanto sufre mi Jesús en este estado, y la querida Mamá al ver en su propio seno
tan inmovilizado al niño Jesús!” Ahora, mientras esto pensaba, mi pequeño niño, sollozando me
ha dicho:
(2) “Hija mía, las penas que sufrí en este seno virginal de mi Mamá son incalculables a la
mente humana, ¿pero sabes tú cuál fue la primera pena que sufrí desde el primer instante de
mi Concepción y que me duró toda la vida? La pena de la muerte. Mi Divinidad descendía del
Cielo plenamente feliz, intangible de cualquier pena y de cualquier muerte, y cuando vi a mi
pequeña Humanidad sujeta a la muerte y a las penas por amor a las criaturas, sentí tan a lo vivo
la pena de la muerte, que por pura pena habría muerto de verdad si la potencia de mi Divinidad
no me hubiera sostenido con un prodigio, haciéndome sentir la pena de la muerte y la
continuación de la vida, así que para Mí fue siempre muerte, sentía la muerte del pecado, la
muerte del bien en las criaturas y también su muerte natural. ¡Qué duro desgarro fue para Mí
toda mi Vida! Yo, que contenía la vida y era el dueño absoluto de la vida misma, debía sujetarme
a la pena de la muerte. ¿No ves a mi pequeña Humanidad inmóvil y moribunda en el seno de
mi querida Madre? Y no la sientes en ti misma cómo es dura y desgarradora la pena de sentirse
morir y no morir? Hija mía, es tu vivir en mi Voluntad lo que te hace partícipe de la continua
muerte de mi Humanidad”.
(3) Entonces me he pasado casi toda la mañana junto a mi Jesús en el seno de mi Mamá y lo
veía que mientras estaba en acto de morir, volvía a tomar vida para abandonarse de nuevo a
morir. ¡Qué pena ver en ese estado al niño Jesús! Después de esto, en la noche estaba
pensando en el acto cuando el dulce niñito salió del seno materno para nacer en medio de
nosotros; mi pobre mente se perdía en un misterio tan profundo y todo de amor, y mi dulce Jesús
moviéndose en mi interior ha sacado sus pequeñas manitas para abrazarme y me ha dicho:
(4) “Hija mía, el acto de mi nacimiento fue el acto más solemne de toda la Creación, Cielo y
tierra sentían sumergirse en la más profunda adoración a la vista de mi pequeña Humanidad,
que tenía como amurallada a mi Divinidad, así que en el acto de mi nacimiento hubo un acto de
silencio y de profunda adoración y oración: Oró mi Mamá y quedó arrebatada por la fuerza del
prodigio que de Ella salía, oró san José, oraron los ángeles y toda la Creación; sentían la fuerza
del amor de mi potencia creadora renovada en ellos, todos se sentían honrados y recibían el
verdadero honor, porque Aquél que los había creado debía servirse de ellos para lo que era