en el acto único de mi Voluntad, en el cual los hice salir a la luz, se mantienen inmutables, bellos
y puros, nada han perdido de su primaria existencia, y toda su felicidad es el mantenerse
voluntariamente en el acto único de mi Voluntad. Todo encuentran en el círculo de mi Querer,
no quieren para hacerse felices sino lo que les suministra mi Voluntad. ¿Pero sabes tú por qué
hay diferentes coros de ángeles, uno superior a otro? Están aquellos más cercanos a mi Trono,
¿sabes por qué? Porque mi Voluntad, a quién ha manifestado un acto solo de mi Voluntad y a
quién por dos, a quién por tres, a quién por siete, y en cada cosa del acto que mi Voluntad
manifestaba de más se volvían superiores a los demás, y se volvían más capaces y más dignos
de estar cercanos a mi Trono. Así que por cuanto más mi Voluntad se manifiesta, y en Ella se
conservan, tanto más quedan elevados, embellecidos, felices y superiores a los demás. Mira
entonces como todo está en mi Voluntad y en el saberse conservar, sin jamás salir, en aquella
misma Voluntad de la cual han salido; y del conocer el más y el menos de mi Suprema Voluntad,
vienen constituidos los diversos coros de los ángeles, sus distintas bellezas, los diversos oficios,
la jerarquía Celestial. Si tú supieras qué significa conocer de más mi Voluntad, hacer un acto
de más en Ella, conservarse, obrar en esa mi Voluntad conocida, dónde viene constituida, el
oficio, la belleza, la superioridad de cada criatura, ¡oh! cómo apreciarías de más los diversos
conocimientos que te he manifestado sobre mi Voluntad. Un conocimiento de más sobre mi
Voluntad eleva al alma a tal altura sublime, que los mismos ángeles quedan estupefactos y
raptados, y me confiesan incesantemente: ‘Santo, Santo, Santo’. Mi Voluntad se manifiesta y
llama de la nada las cosas, y forma los seres, se manifiesta y embellece, se manifiesta y eleva
más en alto, se manifiesta y engrandece más la Vida Divina en la criatura, se manifiesta y en
ellas forma los portentos nuevos y nunca conocidos. Así que, por las tantas cosas que te he
manifestado de mi Voluntad, puedes comprender lo que quiero hacer de ti y cómo te amo, y
cómo tu vida debe ser una cadena de actos continuos hechos en mi Voluntad. Si la criatura,
como el ángel, no saliera jamás del acto primero en el cual mi Voluntad la hizo salir a la luz,
¿qué orden, qué portentos no se deberían ver sobre la tierra? Por eso hija mía, no salgas jamás
de tu principio, en el cual mi Voluntad te creó y tu acto primero sea siempre mi Voluntad”.
(4) Después de esto, con el pensamiento me he puesto junto a mi Jesús en el huerto de
Getsemaní, y le pedía que me hiciera penetrar en aquel amor con el cual tanto me amó, y mi
Jesús, moviéndose de nuevo en el fondo de mi interior me ha dicho:
(5) “Hija mía, entra en mi amor, no salgas jamás, corre junto a él, o detente en mi mismo amor
para comprender bien cuánto he amado a la criatura, todo es amor en Mí hacia ella. La Divinidad
al crear a esta criatura se propuso amarla siempre, así que en cada cosa de dentro y fuera de
ella, debía correr hacia ella con un continuo e incesante nuevo acto de amor. Por lo tanto puedo
decir que en cada pensamiento, mirada, palabra, respiro, latido, y en todo lo demás de la
criatura, corre un acto de amor eterno. Pero si la Divinidad se propuso el amarla siempre y en
cada cosa a esta criatura, era porque quería recibir en cada cosa la correspondencia del nuevo
e incesante amor de la criatura, quería dar amor para recibir amor, quería amar para ser amada.
¡Pero no fue así! La criatura no sólo no quiso mantener el compás del amor, ni responder al eco
del amor de su Creador, sino que rechazó este amor, lo desconoció y lo ofendió. Ante esta
afrenta la Divinidad no se detuvo, sino que continuó su nuevo e incesante amor hacia la criatura,
y como la criatura no lo recibía, quedaban llenos Cielos y tierra esperando a quien debía tomar
este amor para tener en ella la correspondencia, porque Dios cuando decide y propone, todos
los eventos en contrario no lo cambian, sino que permanece inmutable en su inmutabilidad. He
aquí por qué pasando a otro exceso de amor, vine Yo, Verbo del Padre, a la tierra, y tomando
una Humanidad, recogí en Mí todo este amor que llenaba Cielo y tierra para corresponder a la
Divinidad con tanto amor por cuanto había dado y debía dar a las criaturas, y me constituí amor
de cada pensamiento, de cada mirada, de cada palabra, latido, movimiento y paso de cada
criatura. Por esto mi Humanidad fue trabajada aun en su más pequeña fibra por las manos del
eterno amor de mi Padre Celestial, para darme capacidad de poder encerrar todo el amor que