cuánto cuidado la hago crecer! ¡Con cuánto amor la riego! Yo mismo me hago luz, calor,
alimento, defensa, y cuando termina sus días en el tiempo, sobre el camino del mismo rayo la
retiro en mi seno para hacerla espaciarse en la patria celestial. Mi amor se hace para la criatura
más que el sol que formé en el cielo azul, mas bien, el sol que creé para beneficio de la
naturaleza humana no es otra cosa que la sombra de mi verdadero Sol, porque el sol de la
atmósfera no forma las plantas, ni les da el agua para que no se sequen, ni da todas las ayudas
que son necesarias para que las plantas crezcan bellas y fuertes, y los hombres, aun los ciegos,
puedan gozar de su luz, hace sólo su oficio de iluminar y calentar y sigue adelante, y si las
plantas no son regadas no tiene nada que hacer para comunicarles sus efectos, mas bien las
seca de más. En cambio Yo que soy el verdadero Sol de las almas, no las dejo ni de noche ni
de día, Yo mismo formo las almas, les doy el agua de mi gracia para no dejarlas secar, las nutro
con la luz de mis verdades, las fortifico con mis ejemplos, les doy el viento de mis caricias para
purificarlas, el rocío de mis carismas para embellecerlas, las flechas de mi amor para calentarlas,
en suma, no hay cosa que no haga por ellas; Yo soy todo para ellas y pongo a disposición de
cada una toda mi Vida para su bien, pero cuánta ingratitud de parte de las criaturas, parece que
están unidas como sarmientos a mi vid, no por amor sino por fuerza, porque no pueden
prescindir de Mí y por eso crecen como sarmientos, que no recibiendo todos los humores buenos
que contiene la vid, crecen débiles, sin formar jamás uvas maduras, sino acerbas, que amargan
mi gusto divino. ¡Ah! si todos supieran cómo amo sus almas, todos quedarían arrebatados por
el atractivo y la fuerza de mi amor y me amarían de más, por eso ámame tú y tu amor se agrande
tanto que me ames por todos”.
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17-20
Octubre 23, 1924
La Divina Voluntad obrante y dominante en la criatura forma un
dulce encanto a las pupilas divinas, y desarma la Justicia Divina.
(1) Paso días amargos por la privación de mi dulce Jesús. ¡Oh! cómo lloro por su amable
presencia, aun el solo recuerdo de sus dulces palabras son heridas a mi pobre corazón y digo
entre mí: “¿Y ahora dónde está? ¿Adónde dirigió sus pasos? ¿Dónde podría encontrarlo? ¡Ay!
todo ha terminado, no lo veré más, no escucharé más su voz, no más rezaremos juntos, ¡cómo
es dura mi suerte, qué desgarro, qué pena! ¡Ah Jesús, cómo has cambiado! ¿Cómo has huido
de mí? Pero si bien lejos, te mando en alas de tu Querer, donde estés, mis besos, mi amor, mi
grito de dolor que te dice: Ven, regresa a la pobre exiliada, a la pequeña recién nacida que no
puede vivir sin Ti”. Pero mientras esto y más decía, mi amable Jesús se ha movido en mi interior,
y extendiéndome sus brazos me ha estrechado fuerte, fuerte, y yo le he dicho: “Mi vida, mi
Jesús, no puedo más, ayúdame, dame la fuerza, no me dejes más, llévame Contigo, me quiero
ir”. Y Jesús interrumpiendo mi hablar me ha dicho:
(2) “Hija mía, ¿no quieres hacer mi Voluntad?”
(3) Y yo: “Claro que quiero hacer tu Voluntad, pero también en el Cielo está tu Voluntad, así
que si hasta ahora la he hecho en la tierra, de ahora en adelante quiero ir a hacerla en el Cielo,
por eso, pronto, llévame, no me dejes más, siento que no puedo más, ten piedad de mí”.
(4) Y Jesús de nuevo: “Hija mía, tú no sabes qué cosa es mi Voluntad en la tierra, se ve que
después de tantas lecciones mías no lo has entendido bien. Debes saber que el alma que hace
vivir mi Voluntad en ella, conforme reza, conforme sufre, obra, ama, etc., etc., forma un dulce
encanto a las pupilas divinas, de manera que encierra en ese encanto, con sus actos, la mirada
de Dios, de modo que raptado por la dulzura de este encanto, muchos castigos que se atraen
las criaturas con sus graves pecados, este encanto tiene virtud de impedir que mi justicia se
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