si fuese cosa suya, no mía, libremente y con amor me done lo que Yo quiero; lo forzado es de
los esclavos, de los siervos y de quien no ama, por eso Yo paso de largo ante aquellas almas
como ante aquellos betlemitas, porque no están prontas a hacerme entrar en ellas y darme plena
libertad de hacerme hacer lo que Yo quería de ellas”.
(7) Entonces al oír esto he dicho: “Amor mío, Jesús, no, no quiero ser forzada, sino libremente
quiero estarme en este estado, aunque me cueste penas mortales; y Tú no me dejes jamás y
dame la gracia de que haga siempre tu Voluntad”.
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16-59
Abril 23, 1924
Continúa el estado de sueño profundo de Luisa. Cómo saber
cuándo obra Jesús y cuando el enemigo infernal en el alma.
(1) Paso mis días en la amargura y en la privación de mi dulce Jesús, con el agregado de un
sueño tan profundo que yo misma no sé dónde estoy, ni qué cosa hago; siento la sombra de mi
Jesús en torno a mí, la cual me pone como dentro de una camisa de hierro que me hace inmóvil,
me quita la vida y me aturde, y no comprendo más nada. Qué cambio tan doloroso en mi interior,
yo que no sabía qué cosa era el sueño, y si algún ligero sueño me sorprendía, aun durmiendo
no perdía la actitud de mi interior, estaba al día de las fibras de mi corazón, de mis pensamientos,
para dárselos a Jesús que tanto me amaba, para acompañarlo en todas las horas y las penas
de su Pasión, o bien me espaciaba en la inmensidad de su Voluntad para darle ese todo y esos
actos que quería de todas las criaturas; pero ahora todo ha terminado, ¡mi Jesús, qué penas tan
amargas, en qué mar tan doloroso quieres que navegue mi pobre alma! ¡Ah! Dame la fuerza,
no me dejes ni me abandones, recuerda que Tú mismo lo has dicho, que yo soy pequeña, más
bien la más pequeña de todos, recién nacida apenas, y si Tú me dejas, no me ayudas, no me
das fuerza, la recién nacida ciertamente morirá. Ahora, mientras me encontraba en este estado,
pensaba entre mí: “¿No será tal vez el demonio quien me hace esta sombra y me pone en este
estado de inmovilidad?” Pero mientras esto pensaba, más que nunca me sentía aplastar bajo
un peso enorme, y mi amable Jesús moviéndose en mi interior hacía ver que apoyaba sobre mí
un punto de una rueda que llevaba, y todo afligido me ha dicho:
(2) “Hija mía, paciencia, es el peso del mundo que nos aplasta, sin embargo con un solo punto
que apoye sobre ti me sirve para no terminar del todo con el mundo. ¡Ah, si supieras cuántos
engaños, cuántos fraudes, cuántas infamias cometen y cuántas maquinaciones ocultas de ruina
están tramando las criaturas para arruinarse entre ellas, que acrecientan mayormente el peso
sobre mis espaldas, tanto de hacer desbordar la balanza de la Justicia Divina! Por eso habrá
grandes males por toda la tierra. Y además, ¿por qué temes que sea el demonio quien te pone
en este estado? Cuando el enemigo hace sufrir arroja desesperación, impaciencia, turbación;
en cambio cuando soy Yo, infundo amor, paciencia y paz, luz y verdad, ¿te sientes tal vez
impaciente, desesperada y por eso temes que sea el enemigo?”
(3) Y yo: “No mi Jesús, más bien me siento puesta como dentro de un mar inmenso y
profundo, el mar de tu Querer, y el único temor es que pudiera salir de la inmensidad de este
mar, pero mientras temo, siento alzarse sobre mí más fuertes las olas que me profundizan más
abajo”.
(4) Y Jesús: “Y por eso el enemigo no puede acercarse, porque las olas del mar de mi
Voluntad, mientras te profundizan más en el abismo de Ella, mantienen la vigilancia y mantienen
lejana aun la sombra del enemigo, porque él no sabe nada de lo que el alma hace y sufre en mi
Voluntad, ni tiene medios, ni caminos, ni puertas para entrar, más bien es la cosa que más