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Julio 18, 1923
Sobre la Concepción del Verbo Eterno.
(1) Estaba pensando en el acto en el cual el Verbo Eterno descendió del Cielo y quedó
concebido en el seno de la Inmaculada Reina, y mi siempre amable Jesús, desde dentro de mi
interior ha sacado un brazo, rodeándome el cuello, y en mi interior me decía:
(2) “Hija querida mía, si la Concepción de mi Celestial Mamá fue prodigiosa y fue concebida
en el mar que salió de las Tres Divinas Personas, mi Concepción no fue en el mar que salió de
Nosotros, sino en el gran mar que residía en Nosotros, nuestra misma Divinidad que descendía
en el seno virginal de esta Virgen, y quedé concebido. Es verdad que se dice que el Verbo
quedó concebido, pero mi Padre Celestial y el Espíritu Santo eran inseparables de Mí; es verdad
que Yo tuve la parte actuante, pero Ellos la tuvieron concurrente. Imagínate dos reflectores, que
uno refleje en el otro el mismo sujeto, estos sujetos son tres, el de en medio toma la parte
obrante, sufriente, suplicante, los otros dos están junto, concurren y son espectadores, así que
podría decir que uno de los dos reflectores era la Trinidad Sacrosanta, el otro mi querida Mamá.
Ella, en el breve curso de su vida, con vivir siempre en mi Querer me preparó en su virginal seno
el pequeño terreno divino donde Yo, Verbo Eterno, debía vestirme de humana carne, porque
jamás habría descendido dentro de un terreno humano, y la Trinidad reflejando en Ella quedó
concebida. Entonces, aquella misma Trinidad, mientras quedaba en el Cielo, quedaba
concebida en el seno de esta noble Reina.
(3) Todas las otras cosas, por cuán grandes, nobles, sublimes, prodigiosas, aun la misma
Concepción de la Virgen Reina, todas quedan atrás, no hay cosa que pueda equipararse, ni
amor, ni grandeza, ni potencia a mi Concepción; aquí no se trata de formar una vida, sino de
encerrar la Vida que da vida a todos; no se trata de ensancharme, sino de restringirme para
poderme concebir, no para recibir sino para dar, quien ha creado todo encerrarse en una creada
y pequeñísima Humanidad. Éstas son obras sólo de un Dios, y de un Dios que ama, que a
cualquier costo quiere atar con su amor a la criatura para hacerse amar. Pero esto es nada aún,
¿sabes tú donde refulgió todo mi amor, toda mi potencia y sabiduría? En cuanto la potencia
divina formó esta pequeñísima Humanidad, tan pequeña que podía compararse al tamaño de
una avellana, pero con los miembros todos proporcionados y formados, el Verbo quedó
concebido en Ella, la inmensidad de mi Voluntad encerrando todas las criaturas pasadas,
presentes y futuras, concibió en Ella todas las vidas de las criaturas, y conforme crecía la mía,
así crecían ellas en Mí, así que mientras aparentemente parecía solo, visto con el microscopio
de mi Voluntad se veían en Mí concebidas todas las criaturas; sucedía de Mí como cuando se
ven aguas cristalinas, que mientras parecen claras, vistas con el microscopio, ¿cuántos
microbios no se ven? Fue tal y tanta la grandeza de mi Concepción, que la gran rueda de la
eternidad quedó conmovida y estática al ver los innumerables excesos de mi amor, y todos los
prodigios unidos juntos; toda la mole del universo se estremeció al ver encerrarse a Aquél que
da vida a todo, restringirse, empequeñecerse, encerrar todo, ¿para hacer qué cosa? Para tomar
las vidas de todos y hacer renacer a todos”.
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