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Febrero 16, 1923
La Cruz que dio la Divina Voluntad a Nuestro Señor. Jesús
para obrar la Redención perfecta y completa debía hacerla
en el ámbito de la eternidad.
(1) Estaba haciendo mi acostumbrada adoración al Crucifijo abandonándome toda en su
amable Querer, pero mientras esto hacía he sentido que mi amable Jesús se movía en mi interior
y me decía:
(2) "Hija mía, ándale, ándale, date prisa, haz tu curso en mi Querer, ve repasando todo lo que
hizo mi Humanidad en la Suprema Voluntad, a fin de que a mis actos y a los de mi Mamá unas
los tuyos. Está decretado que si una criatura no entra en el Querer Eterno para volver triples
nuestros actos, este Supremo Querer no desciende a la tierra para hacer su camino en las
generaciones humanas, quiere el cortejo de los actos triples para hacerse conocer, por eso date
prisa".
(3) Jesús ha hecho silencio y yo me he sentido como volcada en el Santo Querer Eterno, pero
no sé decir lo que hacía, sólo sé decir que encontraba todos los actos de Jesús, y yo en ellos
ponía el mío. Después ha vuelto a hablarme:
(4) "Hija mía, cuántas cosas hará conocer mi Voluntad de lo que obró mi Humanidad en esta
Voluntad Divina; mi Humanidad para obrar la Redención completa y perfecta debía hacerla en
el ámbito de la eternidad, he aquí la necesidad de una Voluntad Eterna. Si mi voluntad humana
no hubiera tenido consigo una Voluntad eterna, todos mis actos habrían sido actos limitados y
finitos; en cambio con Ella eran interminables e infinitos, por esto mis penas, mi cruz, debían ser
interminables e infinitas, y la Voluntad Divina hacía encontrar a mi Humanidad todas esas penas
y cruces, tanto, que Ella me extendía sobre toda la familia humana, desde el primero hasta el
último hombre, y Yo absorbía todas las especies de penas en Mí, y cada criatura formaba mi
cruz, así que mi cruz fue tan larga por cuanta es y será la largura de todos los siglos, y tan ancha
por cuanto son las humanas generaciones. No fue sólo la pequeña cruz del Calvario donde me
crucificaron los hebreos, ésta no era otra cosa que una similitud de la gran cruz en la cual me
tenía crucificado la Suprema Voluntad, así que cada criatura forma el largo y el ancho de la cruz,
y conforme la formaban quedaban injertadas en la misma cruz, y el Querer Divino
extendiéndome sobre de ella y crucificándome, no sólo formaba mi cruz, sino la de todos
aquellos que formaban dicha cruz. He aquí por qué tenía necesidad del ámbito de la eternidad,
donde debía tener esta cruz, el espacio terrestre no habría bastado para contenerla. ¡Oh, cuánto
me amarán cuando conozcan lo que hizo mi Humanidad en la Divina Voluntad, lo que me hizo
sufrir por su amor. Mi cruz no fue de madera, no, fueron las almas, eran ellas que me las sentía
palpitantes en la cruz en la que me extendía la Divina Voluntad, y ninguna se me escapaba, a
todas daba su lugar, y para dar lugar a todas me distendía en modo tan desgarrador y con penas
tan atroces, que las penas de la Pasión podría llamarlas pequeñas y alivios. Por eso date prisa,
a fin de que mi Querer haga conocer todo lo que el Querer Eterno obró en mi Humanidad, este
conocimiento rescatará tanto amor, que las criaturas se rendirán y lo harán reinar en medio de
ellas".
(5) Ahora, mientras esto decía mostraba tanta ternura y tanto amor, que yo maravillada le he
dicho: “Amor mío, ¿por qué muestras tanto amor cuando hablas de tu Voluntad, que parece
como si de dentro de Ti quisieras hacer salir otro Tú mismo por el gran amor que muestras,
mientras que si hablas de otras cosas no se ve en Ti este exceso de amor?”
(6) Y Él: "Hija mía, ¿quieres saberlo? Cuando Yo hablo de mi Voluntad para hacerla conocer
a la criatura, Yo quiero infundirle mi Divinidad, por eso otro Yo mismo, y mi amor se desborda
todo para hacerlo, y la amo a ella como a Mí mismo. He aquí por qué tú ves que mientras hablo