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12-21
Octubre 4, 1917
Las penas, la sangre de Jesús corren junto
al hombre para sanarlo y salvarlo.
(1) Esta mañana mi siempre amable Jesús me ha transportado fuera de mí misma, Él estaba
en mis brazos y su rostro tan cerca al mío, que suavemente me besaba, como si no quisiera que
yo lo advirtiera, pero habiendo repetido sus besos yo no he podido contenerme de
corresponderle con mis besos, pero mientras lo besaba me ha venido el pensamiento de besar
sus santísimos labios e intentar chupar las amarguras que contenía, pues, quien sabe, tal vez
Jesús no quiera dármelas. Más tardé en pensarlo que en hacerlo, lo he besado y me he puesto
a chupar, pero no salía nada, le he rogado que derramara en mí sus amarguras y de nuevo y
con más fuerza he chupado, pero nada. Mi Jesús parecía que sufría por los esfuerzos que le
hacía, y habiéndome puesto a chupar con más fuerza la tercera vez, sentía venir en mí el aliento
amarguísimo de Jesús, y he visto a través de su garganta una cosa dura que no podía salir, e
impedía que las amarguras que Él contenía salieran para verterlas en mí. Y mi afligido Jesús,
casi llorando me ha dicho:
(2) “Hija mía, hija mía, resígnate, ¿no ves qué obstáculo me ha puesto el hombre con el
pecado que me impide hacer partícipe de mis amarguras a quien me ama? ¡Ah!, ¿no recuerdas
cuando antes te decía: “Déjame hacer, de otra manera el hombre llegará al punto de hacer tanto
mal de agotar el mismo mal, y no saber ya qué otro mal hacer?”. Y tú no querías que castigara
al hombre, y el hombre empeora siempre, ha reunido en sí tanta pus, que ni la guerra ha podido
hacer salir esta pus; la guerra no ha derribado al hombre, más bien lo ha envalentonado de más;
la revolución lo hará enfurecerse, la miseria lo hará desesperar y entregarse en brazos del delito,
y todo esto servirá para hacer salir de alguna manera toda la podredumbre que contiene el
hombre, y entonces mi bondad, no indirectamente por medio de las criaturas, sino directamente
desde el Cielo castigará al hombre, y estos castigos serán como benéfico rocío que bajará del
Cielo, que abatirá al hombre, y tocado por mi mano se reconocerá a sí mismo, se despertará
del sueño de la culpa y reconocerá a su Creador. Por eso hija, ruega para que todo sea para
bien del hombre”.
(3) Jesús ha quedado con su amargura, y yo afligida porque no he podido aliviarlo, pues
apenas sentía su aliento amargo y me he encontrado en mí misma. Me sentía inquieta, las
palabras de Jesús me atormentaban, ante mí mente veía el terrible futuro, y Jesús para
tranquilizarme ha regresado, y casi para distraerme me ha dicho:
(4) “¡Cuánto amor, cuánto amor! Mira, mientras Yo sufría y la pena se detenía en Mí, Yo le
decía: “Pena mía, ve, corre, corre, ve en busca del hombre, ayúdalo, y mis penas sean la fuerza
de las suyas”. Mientras derramaba mi sangre decía a cada gota: “Corran, corran, sálvenme al
hombre, y si está muerto denle la vida, pero la Vida Divina, y si huye corran detrás de él,
circúndenlo por todos lados, confúndanlo de amor hasta que se rinda”. Al irse formando las
llagas en mi cuerpo bajo los flagelos, repetía: “Llagas mías, no os estéis Conmigo, sino buscad
al hombre y si lo encontráis llagado por la culpa, poneos como medicina para sanarlo”. Así que
todo lo que hacía y decía, todo lo ponía en torno al hombre para ponerlo a salvo. Ahora, también
tú, por amor mío, nada tengas para ti, sino que todo hazlo correr junto al hombre para salvarlo,
y Yo te miraré como otro Yo mismo”.
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