11-99
Julio 28, 1915
El alma que vive en la Divina Voluntad
forma un solo corazón con el de Jesús.
(1) Repetía mis lamentos con Jesús diciéndole: “¿Cómo me has dejado? Me prometiste que
todos los días, al menos una vez vendrías, y hoy ha pasado la mañana, el día está terminando
y aún no vienes. Jesús, que desgarro es tu privación, que muerte continua, pero a pesar de todo
estoy abandonada del todo en tu Voluntad, es más, te ofrezco esta tu privación como Tú me
enseñas, para dar la salvación a tantas otras almas por cuantos instantes estoy privada de Ti.
Las penas que sufro mientras estoy privada de Ti, las pongo como corona en torno a tu corazón,
para impedir que las ofensas de las criaturas entren en tu corazón, y para impedirte a Ti que
condenes a alguna alma al infierno. Pero con todo esto, ¡oh! mi Jesús, la naturaleza me la siento
trastornar, e incesantemente te llamo, te busco, te suspiro. Mientras estaba en esto, mi amable
Jesús me ha puesto sus brazos alrededor de mi cuello, y estrechándome me ha dicho:
(2) “Hija mía, dime ¿qué deseas, qué quieres hacer, qué amas?”
(3) Y yo: “Te deseo a Ti, y que todas las almas se salven; quiero hacer tu Voluntad y te amo
a Ti solamente”.
(4) Y Él: “Así que deseas lo que quiero Yo, con esto me tienes en tu propio puño, y Yo a ti, ni
tú puedes desunirte de Mí, ni Yo de ti. ¿Cómo dices entonces que te he dejado?”
(5) Luego ha agregado con acento tierno: “Hija mía, quien hace mi Voluntad está tan fundido
Conmigo, que su corazón y el mío forman uno solo, y como todas las almas que se salvan se
salvan por medio de este corazón, y conforme se forma el latido así toman el vuelo a la salvación
saliendo de la boca de este corazón, así que daré al alma el mérito de aquellas almas salvadas,
porque ha querido ella junto Conmigo la salvación de aquellas almas y por haberme servido de
ella como vida de mi propio corazón”.
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11-100
Agosto 12, 1915
Amenazas de Jesús. Dureza de los pueblos y como
quieren ser tocados en su propia piel para rendirse ante Dios.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi siempre amable Jesús ha venido por poco
tiempo diciéndome:
(2) “Hija mía, qué duros son los pueblos. El flagelo de la guerra no basta, la miseria no es en
dosis suficiente para rendirlos, así que quieren ser tocados en su propia piel, de otra manera no
se llega a hacerlos reaccionar. ¿No ves como triunfa la religión sobre el campo de batalla? ¿Y
por qué? Porque son tocados en su propia piel, he aquí la necesidad de que no haya pueblo
que no sea tomado en la red, quién de un modo, quién de otro, pero casi todos quedarán
expuestos a ser tocados en su propia piel. Yo no quiero hacerlo, pero su dureza me obliga”.
(3) Y al decir esto Jesús lloraba, yo lloraba junto con Él y le pedía que hiciera que los pueblos
se rindieran sin derramamiento de sangre y que todos se salvaran. Y Jesús:
(4) “Hija mía, en la unión de nuestros quereres quedará todo encerrado, tu voluntad correrá
junto con la mía e impetrará gracia suficiente para salvar a las almas, tu amor correrá en el mío,
y tus deseos, tu latido, correrá en el mío y pedirá con un latido eterno almas. Todo esto formará
una red en torno a ti y a Mí, y quedaremos como entretejidos dentro, y esto servirá como baluarte