pues conteniendo en Mí la potencia creadora, hablo y creo, así como un día hablé y creé el sol,
y este sol está siempre lleno de luz y calor, y da siempre luz y calor sin disminuir jamás, como
si estuviese en acto de recibir de Mí creación continua. Tal fue mi obrar en la tierra, conteniendo
en Mí la potencia creadora, así como el sol está en continuo acto de dar luz, así las oraciones
que hice, los pasos, las obras, la sangre derramada, están en continuo acto de rezar, de obrar,
de caminar, etc., así que mis oraciones continúan, mis pasos están siempre en acto de correr
hacia las almas, y así de todo lo demás, de otra manera, ¿qué gran diferencia habría entonces
entre mi obrar y el de mis santos?
(3) Ahora, escucha hija mía una cosa muy bella, y aun no comprendida por las criaturas: Todo
lo que el alma hace junto Conmigo y en mi Voluntad, tal como son mis cosas así quedan las
suyas, y debido a la conexión con mi Voluntad y por el obrar junto Conmigo, participa de mi
misma potencia creadora”.
(4) Yo he quedado extática y con un gozo tal que no podía contener, y le he dicho: “¿Es
posible, ¡oh! Jesús todo esto?”
(5) Y Él: “Quien no comprende esto puede decir que no me conoce”.
(6) Y ha desaparecido. Pero yo no sé decir bien, ni sé explicarme mejor, ¿quién puede decir
lo que Jesús me hacía comprender? Es más, me parece haber dicho disparates.
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11-64
Septiembre 25, 1913
Los Sacramentos producen sus frutos según las almas estén
sometidas a la Divina Voluntad, y según la conexión que
tengan con el Divino Querer así producen los efectos.
(1) Habiendo dicho al confesor que Jesús me había dicho que la Voluntad de Dios es el centro
del alma, y que este centro está en el fondo del alma, que como sol expandiendo sus rayos da
luz a la mente, santidad a las acciones, fuerza a los pasos, vida al corazón, potencia a la palabra,
a todo; y no sólo esto, sino que este centro de la Voluntad de Dios, mientras nos está dentro
para hacer que nunca la podamos dejar, y para estar a nuestra continua disposición y ni siquiera
un minuto dejarnos solos ni separados, nos está al frente, a la derecha, a la izquierda, por detrás
y por doquier, y aun en el Cielo será nuestro centro, el confesor decía en cambio que nuestro
centro es el Santísimo Sacramento. Entonces, al venir el bendito Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, Yo debía hacer de modo que la santidad debía ser fácil y accesible a todos,
excepto para quien no la quisiera, y en todas las condiciones, en todas las circunstancias y en
todos los lugares. Es verdad que el Santísimo Sacramento es centro, pero, ¿quién lo instituyó?
¿Quién sojuzgó a mi Humanidad a encerrarse en el breve giro de una hostia? ¿No fue mi
Voluntad? Por lo tanto mi Voluntad tiene siempre la supremacía sobre todo; y además, si el todo
está en la Eucaristía, los sacerdotes que me llaman del Cielo en sus manos y que están más
que todos en contacto con mi carne sacramental deberían ser los más santos, los más buenos,
y en cambio muchos son los más malos. ¡Pobre de Mí, cómo me tratan en el Santísimo
Sacramento! Y tantas almas devotas que me reciben, tal vez todos los días, deberían ser otras
tantas santas si bastara el centro de la Eucaristía, y en cambio, cosa de llorar, están siempre en
el mismo punto: Vanidosas, iracundas, escrupulosas, etc., ¡pobre centro del Santísimo
Sacramento, cómo quedo deshonrado! En cambio una madre de familia que hace mi Voluntad
y que por sus condiciones, no que no quiera, no puede recibirme todos los días, se ve paciente,
caritativa, lleva en sí el perfume de mis virtudes eucarísticas; ¡ah!, ¿es acaso el Sacramento, o
mi Voluntad, a la que ella se ha sometido la que la tiene sojuzgada y que suple al Santísimo
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