11-42
Noviembre 25, 1912
Las acciones de las almas que hacen su vida en la
Vida de Jesús, son todas de oro y de precio
incalculable porque son divinas.
(1) Esta mañana mi siempre amable Jesús parece que ha venido según la costumbre de
antes, si bien me ha parecido como si fuera sólo de pasada, y tenía ansia de verme y de
entretenerse conmigo a lo familiar. Yo, viéndolo tan bueno, dulce y benigno he olvidado todos
sus contrastes, las privaciones, y viéndolo con una corona de espinas grande y muy tupida le
he dicho: “Dulce amor mío y vida mía, hazme ver que continúas amándome, esta corona que te
ciñe la cabeza quítala de Ti y pónmela a mí con tus mismas manos”. Y el amable Jesús de
inmediato se la ha quitado y con sus mismas manos la ha colocado y oprimido en mi cabeza.
¡Oh, cómo me sentía feliz con las espinas de Jesús, punzantes, sí, pero dulces! Él me miraba
con amorosa ternura, y yo, viéndome tan tiernamente mirada, tomando ánimo he agregado:
“Jesús, corazón mío, no me bastan las espinas para estar segura que me quieres como antes,
¿no tienes los clavos para crucificarme? Pronto, ¡oh! Jesús, no me tengas más en duda, pues
la sola duda de no ser siempre más amada por Ti, me da muerte continua, ¡crucifícame!”
(2) Y Él: “Hija mía, no encuentro clavos, pero para contentarte te traspasaré con una lanza”.
(3) Y así, tomando mis manos me las ha desgarrado, y después los pies; yo sufría, sí, sentía
que nadaba en una mar de dolor, pero también de amor y dulzura al mismo tiempo, y parecía
que Jesús no podía separar de mí sus tiernas y amorosas miradas, y poniéndome y cubriéndome
toda con su manto real me ha dicho:
(4) “Dulce hija mía, deja ya toda duda sobre mi Amor por ti; es más, te digo para darte ánimo,
que en cualquier modo en que me muestre, ya sea que me veas airado, o que me veas como
relámpago, o que no te hable, recuerda que bastará sólo con una renovación de espinas, de
clavos que te haga, para ponernos de nuevo en las estrecheces amorosas e intimidades más
aún que antes, por eso quédate contenta, y Yo continuaré con los flagelos en el mundo”.
(5) Me ha dicho otras cosas, pero la fuerza de los dolores no me deja recordarlas bien.
Entonces me he quedado de nuevo sola, sin Jesús y me he desahogado con mi dulce Mamá
llorando y pidiéndole que hiciera volver a Jesús, y mi Mamá me ha dicho:
(6) “Dulce hija mía, no llores, debes agradecer a Jesús cómo se comporta contigo y la gracia
que te da, que en estos tiempos de flagelos no te hace separarte de su Santísima Voluntad,
gracia más grande no podría darte”.
(7) Después ha regresado Jesús, y viéndome que había llorado me ha dicho:
(8) “¿Por qué has llorado?”
(9) Y yo: “He llorado con mi Mamá, no es que haya llorado con algún otro, y he llorado porque
Tú no estabas”. Y Jesús tomando mis manos en las suyas parecía que me mitigaba los dolores,
y luego me ha hecho ver dos escaleras altas de la tierra al Cielo, en una había mucha gente y
en la otra poquísima. En la que había pocos era de oro macizo y los pocos que subían por ella
parecía que eran otros tantos Jesús, así que cada uno de ellos era un Jesús; en la otra, donde
había más gente, parecía de madera, y se distinguía quiénes eran las personas, casi todas bajas
y sin gran desarrollo. Y Jesús me ha dicho:
(10) “Hija mía, en la escalera de oro suben aquellos que hacen su vida en mi Vida, así que
puedo decir: “Son mis pies, mis manos, mi corazón, todo Yo mismo”. Como tú ves, porque son
otros Yo ellos son todos para Mí y Yo soy vida de ellos, sus acciones son todas de oro y de
precio incalculable, porque son divinas, su altura nadie la podrá alcanzar jamás, porque son mi
misma vida, casi ninguno los conoce porque viven escondidos en Mí, sólo en el Cielo se tendrá
593 sig