es tal vez menos infeliz, menos nauseante bajo los escombros que en los tabernáculos; es tal y
tanto el número de los sacrilegios que cometen los sacerdotes y también el pueblo, que estaba
cansado de descender en sus manos y en sus corazones, y me obligan a destruirlos casi a
todos. Además, qué decirte de las ambiciones, de los escándalos de los sacerdotes, todo es
tiniebla en ellos, no más luz como deben ser, y cuando los sacerdotes llegan a no dar luz, los
pueblos llegan a los excesos y mi justicia es obligada a destruirlos”.
(6) Estaba también pensando en sus privaciones, y sentía un temor, como si fuera a suceder
también aquí un fuerte terremoto. Viéndome tan sola, sin Jesús, me sentía tan oprimida que me
sentía morir. Entonces, teniendo compasión de mí, el buen Jesús ha venido como una sombra
y me ha dicho:
(7) “Hija mía, no te aflijas tanto, en consideración tuya evitaré graves daños a esta ciudad.
Mira si Yo no debo continuar castigando, en lugar de convertirse, de rendirse, al oír las
destrucciones de las otras provincias dicen que allá son los lugares, los terrenos los que hacen
que esto suceda, y continúan ofendiéndome. ¡Cómo son ciegos y tontos! ¿No está toda la tierra
en mi propio puño? ¿Tal vez no puedo Yo abrir las vorágines de la tierra y hacer que se trague
a todos aun en otros lugares? Y para hacérselos ver haré que haya terremotos en otros lugares,
donde no es costumbre que tiemble”.
(8) Mientras esto decía, parecía que ponía su mano en el centro de la tierra, de ahí tomaba
fuego y lo acercaba a la superficie, y la tierra se sacudía y se sentía el terremoto, dónde más
fuerte y dónde menos, y ha agregado:
(9) “Esto no es más que el principio de los castigos; ¿qué será el fin?”
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8-60
Enero 8, 1909
El fruto y la finalidad de la comunión.
(1) Habiendo recibido la comunión, estaba pensando cómo podía estrecharme más que nunca
con el bendito Jesús, y Él me ha dicho:
(2) “Para estrecharte más íntimamente Conmigo, hasta llegar a perder tu ser en Mí, así como
Yo me transfundo en el tuyo, debes en todo tomar lo que es mío y en todo dejar lo que es tuyo;
de modo que si tú piensas siempre en cosas santas y que se refieren solamente al bien, al honor
y a la gloria de Dios, dejas tu mente y tomas la divina; si hablas, si obras bien y sólo por amor
de Dios, dejas tu boca, tus manos y tomas mi boca y mis manos; si caminas los caminos santos
y rectos, caminarás con mis mismos pies; si tu corazón me ama sólo a Mí, dejarás tu corazón y
tomarás el mío y me amarás con mi mismo amor, y así de todo lo demás, así que tú quedarás
revestida de todas mis cosas, y Yo de todas las cosas tuyas. ¿Puede haber una unión más
estrecha que ésta? Si el alma llega a no reconocerse más a sí misma, sino al Ser Divino en ella,
estos son los frutos de las buenas comuniones, y ésta es la finalidad divina al quererse dar en
comunión a las almas, pero cuánto queda frustrado mi amor, y qué pocos frutos recogen las
almas de este sacramento, hasta quedar la mayor parte indiferentes y aun nauseados de este
alimento divino”.
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