4-32
Noviembre 14, 1900
La Reina Mamá reconforta a Jesús. La transporta al Purgatorio.
(1) Esta mañana al venir mi adorable Jesús, me ha transportado fuera de mí misma y me ha
pedido un consuelo a sus penas, yo, no teniendo nada he dicho: “Dulcísimo amor mío, si
estuviera la Reina Mamá podría reanimarte con su leche, porque yo no tengo otra cosa que
miserias”. En ese momento ha venido la Santísima Reina, y yo enseguida le he dicho: “Jesús
siente la necesidad de un alivio, dale tu dulcísima leche para que quede aliviado”. Entonces
nuestra amadísima Mamá le ha dado su leche, y mi amado Jesús ha quedado todo aliviado.
Después dirigiéndose a mí ha dicho:
(2) “Yo me siento reconfortado, también tú acércate a mis labios y bebe parte de esa leche
que he recibido de mi Madre, para que podamos quedar ambos reanimados”.
(3) Así lo he hecho; ¿pero quién puede decir la virtud de aquella leche que salía a borbotones
de Jesús, y que contenía tanta que parecía una fuente inmensa, que aunque bebieran todos los
hombres no disminuiría en nada? Después de esto hemos girado un poco por la tierra, y en un
lugar parecía que estaban gentes sentadas alrededor de una mesita que decían: “Habrá una
guerra en Europa, y lo que será más doloroso es que será producida por parientes”. Jesús
escuchaba pero no decía nada referente a eso; por eso no estoy segura si sucederá o no, siendo
los juicios humanos mutables y lo que hoy dicen mañana desdicen. Después me ha transportado
dentro de un jardín en el que sobresalía un edificio grandísimo, como si fuera un monasterio,
poblado de tanta gente que resultaba difícil contarla. Mi adorable Jesús a la vista de aquella
gente se volteó de espaldas y se abrazó a mí, poniendo su cabeza apoyada en mi hombro junto
al cuello y me ha dicho:
(4) “Amada mía, no me las hagas ver, de otra manera sufriría mucho”.
(5) También yo lo abracé, y acercándome a una de aquellas almas he dicho: “Al menos
decidme quiénes sois”. Y ella ha respondido: “Todas somos almas purgantes, y nuestra
liberación está condicionada a la satisfacción de aquellos piadosos legados que dejamos a
nuestros sucesores, y como no se satisfacen nosotras estamos obligadas a estarnos aquí, lejos
de nuestro Dios; qué pena es para nosotras, porque Dios es para nosotras un Ser necesario,
del cual no podemos prescindir, sentimos una continua muerte que nos martiriza en el modo
más despiadado, y si no morimos es porque nuestra alma no está sujeta a eso, así que dolientes
como estamos, quedando privadas de un objeto que forma toda nuestra vida, imploramos a Dios
que haga sentir a los mortales una mínima parte de nuestras penas, con privarlos de lo que es
necesario al mantenimiento de la vida corporal, a fin de que aprendan por su propia cuenta cómo
es doloroso el estar privado de lo que es absolutamente necesario”.
(6) Después de esto el Señor me ha transportado a otra parte, y yo sintiendo compasión por
aquellas almas he dicho: “¡Cómo, oh mi buen Jesús! Volteaste tu rostro de aquellas almas
benditas que tanto te suspiran, mientras que bastaba sólo hacerte ver para hacer que quedaran
libres de las penas y quedaran beatificadas”.
(7) Y Él: “Ah hija mía, si Yo me mostrase a ellas, como no están del todo purgadas no habrían
podido sostener mi presencia, y en vez de arrojarse entre mis brazos, confundidas se habrían
retirado y no habría hecho otra cosa que acrecentar mi martirio y el suyo. Por eso hice así”.
(8) Dicho esto ha desaparecido.
+ + + +