(4) “Hija mía, en cuanto la criatura llama mi Voluntad en sus actos para vivir en Ella, Ella inviste
a la criatura y a su acto con su fuerza creadora, y ahí renueva su Vida Divina; ahora, supón que
la llama mientras está obrando, escucha qué hace mi Querer: Llama en acto cuantas veces ha
obrado la criatura, las une juntas como si fuera un acto solo, y poniendo su fuerza creadora
transforma en divino todo lo que ha hecho y está haciendo, ahí sella la santidad de sus obras y
les da el nuevo mérito y gloria como si todo de nuevo lo hubiese obrado por amor suyo; si ama,
llama a vida cuantas veces ha amado y de ellas hace un solo amor; si sufre, llama a vida cuantas
veces ha sufrido, las une juntas y ahí pone el sello de penas divinas, y les da el nuevo mérito de
cuantas veces ha amado y sufrido, en suma todo lo que ha hecho, y lo repite, todas regresan en
acto con el unirse juntas, para recibir la nueva belleza, santidad, gracia, frescura, amor, y nuevo
mérito; en mi Voluntad no hay actos separados, ni divididos, sino unidad suma, todo debe dar
de Mí, con esta sola diferencia, que en la criatura está nuestro acto creante y creciente, en
cambio nuestro Ser Supremo no está sujeto ni a crecer ni a decrecer, es tanta nuestra plenitud,
inmensidad, e infinitud, que para desahogo de nuestro amor sentimos la necesidad de dar y de
amar a las criaturas, de ser amados, pero sin que en nada disminuyamos. He aquí el por qué
somos todo ojos, estamos como en guardia para ver cuando quiere hacer vida en nuestro
Querer, para tener ocasión de amarla de más y enriquecerla de nuestro amor, para recibir amor.
Podemos decir que la cubrimos de nuestro Ser Divino, le damos el aliento, la unimos con
Nosotros para gozárnosla y darle de lo nuestro, y cuando ella, sacudida por la fiebre de nuestro
amor, por nuestro aliento quemante que le dice continuamente: ‘Te amo, te amo oh hija’. Y ella
hace suyo nuestro eco y nos repite: ‘Te amo, te amo Vida de mi vida, amor de mi amor, Padre
mío, Creador mío, todo mío, te amo’. Ella nos pone en fiesta y nos da las puras alegrías que
queremos, porque le hemos dado la vida. Por eso la queremos en nuestra Voluntad, para tenerla
como la queremos, para darle lo que queremos darle, y para recibir lo que queremos de ella.
Fuera de nuestro Fiat, nuestro amor queda impedido por ella, hay tal separación entre ella y
Nosotros, que ella se llega a sentir lejana de Nosotros, y Nosotros lejanos de ella, y llega aun a
temernos y a tener temor de Nosotros. ¡Oh! voluntad humana, dónde me arroja la criatura que
tanto amo”.
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34-38
Mayo 28, 1937
La Reina, portadora de Jesús, el gran don que le fue
entregado. Trabajo que tuvo del Ente Supremo.
(1) El vivir en el Querer Divino continúa, es tanto su amor que me esconde en su luz a fin de
que no vea, no oiga, no toque más que su Santísima Voluntad. Esta mañana, mi Madre Celestial
me ha dado una dulce y querida sorpresa: Habiendo recibido la Santa Comunión se hacía ver
en mi interior, que estaba con el niño Jesús, lo tenía tan estrechado a su materno corazón,
cubierto con sus brazos, que para mirarlo y recrearlo con mi pequeño amor, debía abandonarme
entre sus brazos para estarme también yo unida con ellos, a fin de que pudiese amar como se
amaban Jesús y la Mamá Reina. ¡Oh! cómo estaban contentos de que yo quería hacer vida
junto con ellos. Ahora, mientras me estaba estrechada con ellos, la Soberana Reina, toda
bondad y ternura me ha dicho:
(2) “Amada hija mía, tú debes saber que Yo soy la portadora de Jesús, esto fue un don que
el Ente Supremo me confió, y cuando fue una realidad que Yo tuve la gracia, el amor, la potencia
y la misma Voluntad Divina para tenerlo custodiado, defendido, amado, entonces me hizo la
entrega del don, esto es, el Verbo Eterno, que se encarnó en mi seno diciéndome: ‘Hija nuestra,
te hacemos el gran don de la Vida del Hijo Dios, a fin de que tú seas la dueña de Ella y lo dones
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