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Diciembre 24, 1936
La Madre Celestial y Divina, y la Madre humana. Carrera veloz
del amor de Dios, en la cual hace generar de esta Madre en
virtud del Fiat a su Jesús en cada criatura.
(1) Sigue el mismo argumento sobre la Virgen Santísima. Una luz que desciende del seno
del Eterno inviste mi pobre mente, pero es una luz parlante que dice tantas cosas de la Soberana
Celestial, que yo no sé cómo hacer para decirlas todas. Pero mi amado Jesús con su
acostumbrada bondad me dice:
(2) “Ánimo hija mía, Yo te ayudaré, te suministraré las palabras, siento la irresistible necesidad
de hacer conocer quién es mi Madre, las dotes, los privilegios, y el gran bien que hace y que
puede hacer a todas las generaciones. Por eso escúchame y te diré cosas jamás pensadas ni
por ti, ni por otros, de modo de estremecer a los más incrédulos, ingratos y pecadores, y hacerte
conocer hasta dónde llega nuestro amor. Entonces, nuestro amor no se daba paz, corría, corría,
pero con una rapidez tal, que comprometía todo nuestro Ser Divino a dar en tales excesos, de
dejar atónitos Cielo y tierra, de hacer exclamar a todos: ‘¿Será posible que un Dios haya amado
tanto a las criaturas?’ Ahora escucha hija mía qué hace nuestro gran amor: Las criaturas tenían
un Padre Celestial, pero nuestro amor no estaba contento, y en su delirio y locura de amor quiso
formarles una Madre Celestial y una Madre terrena, a fin de que si no le fueran suficientes las
premuras, el amor, la ternura de la Paternidad Celestial para amarlo, el amor, las ternuras
indecibles de esta Madre Celestial y humana habrían sido el anillo de conjunción, que habiendo
desterrado toda distancia, miedos y temores, se habrían abandonado en sus brazos para
hacerse vencer por su amor, para amar a Aquél que la había formado por amor suyo y para
hacerse amar, por eso eran necesarios portentos estrepitosos y un amor que jamás dice basta,
y que sólo un Dios puede tener; ahora escucha qué hace para conseguir el intento, llamamos
de la nada a esta Santa Criatura y sirviéndonos del mismo germen de las generaciones
humanas, pero purificado, le dimos la vida; desde el primer instante de esta vida se unió la virtud
celestial de nuestro Fiat Divino y formó junto Vida Divina y vida humana, el cual la crecía
divinamente y humanamente, y participándole la fecundidad divina formaba en Ella el gran
prodigio de poder concebir un hombre y un Dios; con el germen humano pudo formar la
Humanidad al Verbo encarnado, y con el germen del Fiat pudo concebir al Verbo Divino. Con
esto la distancia cesaba entre Dios y el hombre, esta Virgen con ser humana y Celestial
acercaba al hombre y a Dios, y daba el hermano a todos sus hijos para que todos pudieran
acercársele, hacer vida juntos y mirando en Él y en Ella las mismas facciones, investidas por la
misma naturaleza humana, habrían tenido tal confianza y amor de hacerse conquistar, y amar a
quien tanto la amaba; ¿cuánto amor no cosecha una buena madre de sus propios hijos? Mucho
más que era poderosa, rica, y habría puesto la vida para poner a salvo a sus propios hijos, y
¿qué cosa no ha hecho para volverlos felices y santos? Así que la Humanidad del Verbo y la
Madre Celestial y humana son como garantías para ganarse el amor de todos y decirles con
todo amor: ‘No teman, vengan a Nosotros, nos semejamos en todo, vengan y todo les daremos,
mis brazos estarán siempre listos para abrazaros y para defenderos, os encerraré en mi corazón
para daros todo, basta deciros que soy Madre y que es tanto mi amor, que os tengo concebidos
en mi corazón’.
(3) Pero todo esto no es nada todavía, Yo era Dios, debía obrar como Dios, nuestro amor
corría, corría, e iba inventando otros encuentros más excesivos de amor, tú misma quedarás
sorprendida al oírlos, y cuando las humanas generaciones los oigan, nos amarán tanto, de
correspondernos en gran parte de la gran carrera de nuestro amor. Ahora ponme atención y
agradéceme hija mía bendita de lo que estoy por decir: A nuestro amor no le bastó, como dije
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