(4) Hija mía, no te maravilles, todo es posible a mi Voluntad, aun el repetir nuestra Vida. Tú
debes saber que nuestro Ente Supremo, en su naturaleza tiene virtud de poderse repetir cuantas
veces quiere, como en efecto repetimos nuestra Vida Divina entera por cada individuo, por cada
cosa creada, dondequiera, en cada lugar y por todas partes, nuestra inmensidad nos lleva,
nuestra potencia nos forma, y de nuestra Vida única que poseemos, repite, biloca, multiplica
tantas Vidas Divinas nuestras, que sólo quien no la quiere no la toma, de otra manera lo que se
dice: ‘¿Dónde está Dios? En el Cielo, en la tierra y en todo lugar’, se quedaría en palabras,
pero no en los hechos. Ahora, quien vive en nuestra Voluntad, con sus actos se hace
concurrente de nuestra Vida, que continuamente se repite por amor de las criaturas, y por eso
nos sentimos repetir nuestra Vida por su pequeñez, y ¡oh! el contento, la felicidad que sentimos,
y cómo nuestro amor encuentra su desahogo, su correspondencia, al sentir su misma Vida
repetida por su amada criatura, y en su énfasis de amor y de alegría indecible que sentimos,
decimos: ‘Todo le hemos dado y todo nos ha dado, no podía darnos más, porque sentimos que
por dondequiera que nos lleva nuestra inmensidad, ella aparece por todas partes, no hay punto
en que no se hace sentir, y ¡oh! cómo es dulce y agradable oírla por todas partes en nuestra
Vida que posee, ‘te amo, te adoro, te agradezco, te bendigo’. Así que el trabajo que confiamos
a quien vive en nuestro Querer, es de repetir nuestra misma Vida Divina, por eso sé atenta y tu
camino sea continuo”.
(5) Después de esto continuaba pensando en la Divina Voluntad, y mi siempre amable Jesús
ha agregado:
(6) “Hija mía, si tú supieras las dulces y agradables sorpresas que nos hace la criatura en
nuestra Voluntad, ella es pequeña, y encontrándose en nuestro Fiat se encuentra circundada
por una inmensidad que no tiene fin, por una potencia que no tiene límites, por un amor que no
sólo la envuelve toda, sino que se siente que ella misma no es otra cosa que amor, nuestra
belleza la inviste y queda raptada. Así que la pequeña mueve el piecito y mira la inmensidad
que la circunda, y mientras mueve el paso quiere tomar quién sabe cuánto de nuestra
inmensidad, pero qué, no logra tomar más que pocas gotitas de nuestra potencia, amor y belleza
nuestras, las cuales, si bien gotas, pero bastan para llenarla tanto, hasta desbordar fuera, hasta
formarse en torno ríos de amor, de potencia y de belleza nuestra, y la pequeña se afana, se
fatiga por querer tomar de más, pero no puede, porque le falta el espacio dónde poder encerrar
lo que quiere tomar, y nuestro Ente Supremo la hace hacer, es más, gozamos de sus esfuerzos
y de sus afanes, nos deleitamos, le sonreímos, y la pequeña nos mira pidiéndonos ayuda,
porque siente la necesidad de extenderse de más en nuestra inmensidad, potencia y amor,
¿pero sabes por qué? Nos quiere dar de más, quiere el contento de decirnos: ‘Mis esfuerzos,
mis afanes son, porque quiero deciros que os amo de más, ¡oh! cómo estaría contenta si pudiera
poseer todo vuestro amor para poder deciros: Os amo tanto por cuanto me amaste’. Esta
pequeña con sus esfuerzos, con sus afanes, con su decir, nos hiere, nos rapta, nos encadena,
y entonces ¿sabes qué hacemos? Tomamos a la pequeña y nos adaptamos a ella, con un
prodigio de nuestra omnipotencia hacemos correr nuestra inmensidad, nuestra potencia,
santidad, amor, belleza, bondad, de modo que nuestro Ser Divino queda dentro y fuera de ella,
inseparable de ella, y se ve que todo es suyo, y la pequeña en su énfasis de amor nos dice:
‘Cómo estoy contenta y feliz, puedo deciros que vuestra inmensidad es vuestra y mía, y Os amo
con amor inmenso, con amor potente, a mi amor no le falta nada, ni vuestra santidad, ni vuestra
bondad, ni vuestra belleza que todo rapta, vence y obtiene’. No contentar a la pequeñez humana
en nuestra Voluntad nos resulta imposible, y como por su pequeñez no puede adaptarse a
Nosotros, Dios se adapta a ella, y nos resulta fácil, porque no hay elementos extraños a
Nosotros, sino que todo es nuestro, a lo más será pequeña, pero esto no importa, será más cosa
nuestra el hacerla cuanto más bella podamos. En cambio quien no vive en nuestra Voluntad
Divina, hay tantos elementos extraños a Nosotros en su pequeñez humana: voluntad, deseos,
afectos, pensamientos que no son nuestros, y se puede decir que ella debería adaptarse a