sois amados por Dios, y de este amor se toma posesión cuando la criatura ama. Cuando recibe
el amor divino y ella ama, Dios se dispone a amarla de más con nuevo amor; ser amada por
Dios con nuevo amor, es el acto más grande que Dios hace para la criatura, y toda la santidad,
la gloria, es constituida por cuantas veces ha sido amada por Dios, y por cuantas veces ella lo
ha amado. Porque tú debes saber que nuestro Ente Supremo ama a todos y siempre en modo
universal y general, a esto agrega un amor especial y directo hacia quien amándola nos da su
amor; así que si la criatura ha sido amada por Dios con amor especial una vez, tres, diez, cien,
según el número, tantos grados de santidad adquiere, y por lo tanto de gloria. Mira, el girar en
mi Voluntad, unirte a sus actos, nos llama a amarte con amor especial y nuevo, y Dios te llama
a ti para hacerse amar con tu amor nuevo y especial, y Dios mismo será tu testigo que dirá a
todo el Cielo y a la tierra: ‘Es verdad, la he amado, pero me ha amado’. Puedo decir que mi
amor llamaba al suyo, y el suyo llamaba al mío a amarnos, por eso quien vive en nuestra
Voluntad pone al seguro nuestro amor, no tenemos el dolor de que nos pueda ser rechazado,
más bien, la señal de que lo ha recibido es que nos responde dándonos su amor”.
(3) Después estaba pensando en la Divina Voluntad, y miles de pensamientos se acumulaban
en mi mente, de dudas, de ansias, de certezas, de suspiros por querer la Divina Voluntad como
vida primaria de mi vida, quería su dulce imperio dentro y fuera de mí. Ahora, mientras esto
hacía, mi siempre amable Jesús ha agregado:
(4) “Mi pequeña hija de mi Querer, tú debes saber que cuando Yo manifiesto un bien, una
verdad, es la señal más cierta de que quiero dar aquel bien, o el don de una verdad mía como
propiedad de la criatura, si esto no fuese, Yo la ilusionaría, la engatusaría, le haría perder el
tiempo en mil deseos inútiles, sin la posesión del bien que le he hecho conocer. Yo no sé
ilusionar a nadie, ni hacer cosas inútiles, más bien primero decido dar el bien, y después
manifiesto la naturaleza de dicho bien, y mientras lo manifiesto pongo la semilla en el fondo del
alma, a fin de que ella comience a sentir el principio de la nueva vida del bien que le he hecho
conocer, y lo continuo de mis manifestaciones que le hago conocer, sirve para hacer germinar
la semilla, a rociarla y regarla para formar la vida entera del don que quiero darle, y la señal de
que el alma ha aceptado y agradecido la nueva vida del don que quiero darle, es que Yo continúo
manifestando las diversas cualidades, las bellas prerrogativas, el valor inmenso que posee mi
don, y después de que estoy seguro que ya posee toda entera la vida del don que quería darle,
entonces le hago conocer mis miras, el trabajo que he hecho en ella, y el don que ya posee; mi
sabiduría es infinita, mis industrias de amor son innumerables, primero hago los hechos y
después las palabras que sirven para enseñar a la criatura el cómo hacerla recibir, conservar y
servirse del bien que le he dado y hecho conocer. Dar un bien sin hacerlo conocer es como si
se quisiese dar el alimento a los muertos, y Yo jamás he tenido qué hacer con los muertos, sino
con los vivos; hacerlo conocer y no darlo sería una burla, no sería modo de nuestra naturaleza
divina. Por eso, si tantas verdades te he manifestado sobre mi Divina Voluntad, es porque quiero
darte el don de su Vida obrante en ti, si esto no fuera, jamás te habría dicho tanto, mi solo decir
es mensajero, portador y depositario del gran don de mi Divina Voluntad, no sólo a ti sino al
mundo entero. Por eso sé atenta, a fin de que mi semilla se espolvoree en ti hasta cambiarse
en naturaleza, y entonces sentirás con los hechos el bien del reinar de mi Voluntad en tu alma.
(5) En efecto, ¿no hice así con mi Madre Celestial? Primero la formé, la preparé, la doté,
preparé el puesto, extendí mi Cielo en el fondo de su alma, la hice conocer tantas cosas, y
conforme se las hacía conocer le hacía el don de ellas, podría decir que Madre e Hijo primero
hicimos los actos, y cuando nada faltaba a mi santidad, a mi decencia divina, al nuevo Cielo que
venía a habitar sobre la tierra, entonces le manifesté el secreto, que ya la había elegido por
Madre mía, y en cuanto le manifesté el secreto, así se sintió Madre de su Creador. Mira entonces
la necesidad de manifestar lo que quiero hacer con la criatura, a fin de que Dios y la criatura
quieran la misma cosa, tan es así, que mi misma encarnación no sucedió primero, sino en el
acto mismo en que supo que Yo la quería por Madre mía y Ella aceptó serlo. Por eso se necesita
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