3-53
Marzo 17, 1900
Dolor del Papa. La humildad.
(1) Esta mañana el bendito Jesús me hacía ver al Santo Padre con las alas abiertas, que iba
en busca de sus hijos para recogerlos bajo sus alas, y oía sus lamentos que decían: “Hijos míos,
hijos míos, cuántas veces he buscado reuniros bajo mis alas y ustedes me huís! ¡Ah, escuchen
mis lamentos y tengan compasión de mi dolor!” Y mientras esto decía lloraba amargamente, y
parecía que no eran sólo los seglares los que se apartaban del Papa, sino también los
sacerdotes, y éstos daban más dolor al Santo Padre. ¡Cuánta pena daba ver al Papa en esta
posición! Después de esto he visto a Jesús que hacía eco a los lamentos del Santo Padre y
añadía:
(2) “Pocos son los que han permanecido fieles, y estos pocos viven como zorros ocultos en
sus propias cuevas, tienen temor de exponerse para arrancar a sus propios hijos de la boca de
los lobos; hablan, proponen, pero todas son palabras dichas al viento, jamás llegan a los
hechos”.
(3) Dicho esto ha desaparecido. Después de poco tiempo ha regresado y yo me sentía toda
aniquilada en mí misma ante la presencia de Jesús, y Él, viéndome así me ha dicho:
(4) “Hija mía, cuanto más te abajas en ti misma, tanto más me siento atraído a abajarme hacia
ti y llenarte de mi gracia, he aquí por qué la humildad es precursora de la luz”.
+ + + +
3-54
Marzo 20, 1900
Advertencia de castigos.
(1) Habiendo recibido la comunión, veía a mi dulce Jesús que me invitaba a salir con Él, pero
con el pacto de que al ir junto con Él, donde veía que Jesús estaba obligado a mandar castigos
por los pecados, no debía discutir con Él para que no los mandara. Con esta condición hemos
salido, recorriendo la tierra. En primer lugar he comenzado a ver, no muy lejos de nosotros,
especialmente en ciertos puntos, todo seco, entonces dirigiéndome a Él he dicho: “Señor, ¿cómo
harán estas pobres gentes si les falta el alimento para nutrirse? ¡Ah! Tú puedes todo, así como
lo has hecho secar, así haz que reverdezca”. Y como tenía la corona de espinas he extendido
la mano diciéndole: “Mi Bien, ¿qué cosa te han hecho estas gentes? Quizá te han puesto esta
corona de espinas; pues bien, dámela a mí, así quedarás aplacado y les darás el alimento para
no dejarlas morir”. Y quitándosela la he puesto sobre mi cabeza. Mientras esto hacía, Jesús me
ha dicho:
(2) “Se ve que no puedo llevarte junto Conmigo, porque llevarte y no poder hacer nada es lo
mismo”.
(3) Y yo: “Señor, no he hecho nada, perdóname si crees que he hecho mal, pero llévame junto
Contigo”.
(4) Y Él: “Tu modo de obrar me ata por todas partes”.
(5) Y yo: “No soy yo quien hago así, eres Tú mismo que me haces obrar de este modo, porque
encontrándome Contigo, veo que todas las cosas son tuyas, y si no tomara cuidado de tus cosas,
me parece que vendría a no tomara cuidado de Ti mismo. Por eso debes perdonarme si obro
de esta manera, ya que lo hago por amor tuyo y no debes alejarme por esto”.