(4) Luego, estando cerca de mi Sacramentado Jesús, cada mañana se da la bendición con el
Santísimo, y mientras rezaba, mi dulce Jesús que me bendice, moviéndose en mi interior me ha
dicho:
(5) “Hija mía, de todo corazón te bendigo, más bien bendigo a mi misma Voluntad en ti,
bendigo tus pensamientos, respiros y latidos, a fin de que pienses siempre en mi Querer, lo
respires continuamente y sea tu latido mi sola Voluntad, y por amor tuyo bendigo a todas las
voluntades humanas, a fin de que se dispongan a recibir la Vida de mi Eterno Querer. Hija mía
amadísima, si tú supieras cómo es dulce, cómo me siento feliz de bendecir a la pequeña hija de
mi Querer; mi corazón exulta al bendecir a aquélla que posee el origen, la Vida de nuestro Fiat,
que llevará el inicio, el principio del reino de mi Divina Voluntad. Y mientras te bendigo, vierto
en ti el rocío benéfico de la luz de mi Querer Divino, que adornándote toda, te hará aparecer
más bella a mis miradas sacramentales, y Yo me sentiré más feliz en esta custodia al mirar a la
pequeña hija mía prisionera, investida y atada por las dulces cadenas de mi Voluntad. Y cada
vez que te bendiga, haré crecer la Vida de mi Querer Divino en ti. Cómo es bella la compañía
de quien hace mi Divina Voluntad, Ella pone el eco en el fondo del alma, de todo lo que hago en
esta hostia santa, y Yo no me siento solo en mis actos, siento que reza junto Conmigo, y
uniéndose juntas nuestras súplicas, nuestros suspiros, pedimos una sola cosa: Que la Divina
Voluntad sea conocida y que pronto venga su reino”.
(6) Después, desarrollándose mi vida cerca de mi prisionero Jesús, cada vez que se abre la
puerta de la capilla, lo que sucede frecuentemente, le mando tres besos o bien cinco a mi
Sacramentado Jesús, o bien una pequeña visita, y Él moviéndose en mi interior me dice:
(7) “Hija mía, cómo me son agradables tus besos, siento besarme por ti con los besos de mi
mismo Querer, siento dármelos sobre mis labios, sobre mi rostro, en mis manos y corazón, mis
mismos besos divinos, todo es divino en el alma donde reina mi Divina Voluntad, y Yo siento en
tus actos mi amor que me refrigera, la frescura, la suavidad de mi misma Voluntad Divina que
me abraza, me besa y me ama. ¡Oh, cómo me es agradable mi Divina Voluntad obrante en la
criatura, siento que bilocándome en ella me da y pone ante Mí toda la belleza y santidad de mis
actos, por eso tanto suspiro el que mi Voluntad sea conocida, para poder encontrar en las
criaturas todos mis actos divinos y dignos de Mí”.
(8) Ahora paso a decir que mi dulce Jesús parece que me esperaba aquí, en esta casa, cerca
de su tabernáculo de amor, para dar principio a que los sacerdotes se decidieran a preparar los
escritos para la publicación, y mientras se aconsejaban entre ellos el modo cómo hacerlo, leían
los nueve excesos que tuvo Jesús en la encarnación, que están narrados en el primer volumen
de mis escritos. Ahora, mientras leían, Jesús en mi interior era todo atención para escuchar, y
me parecía que lo mismo hacía Jesús en el tabernáculo. En cada palabra que oía, su corazón
latía más fuerte, y en cada exceso de su amor tenía un sobresalto más fuerte aún, como si la
fuerza de su amor le hiciese repetir todos aquellos excesos que tuvo en la encarnación, y como
si no pudiese contener sus llamas me ha dicho:
(9) “Hija mía, todo lo que te he dicho, tanto sobre mi Encarnación como sobre mi Divina
Voluntad y otras cosas, no han sido otra cosa que desahogos de mi amor contenido, pero
después de haber desahogado contigo, mi amor continuó quedando reprimido, porque quería
levantar más altas sus llamas para investir todos los corazones y hacer conocer lo que he hecho
y quiero hacer por las criaturas. Y como todo lo que te he dicho yace en el anonimato, Yo siento
una opresión sobre mi corazón que me comprime e impide que mis llamas se eleven y hagan
su camino. Por eso en cuanto oía leer y tomar la decisión de ocuparse para publicarlos, me
sentía quitar la pesadumbre y quitar el peso que comprimen las llamas de mi corazón, por eso
latía más fuerte y exultaba y te hacía sentir la repetición de todos aquellos excesos de amor,
mucho más que lo que Yo hago una vez lo repito siempre. Mi amor reprimido es una pena para
Mí de las más grandes, que me vuelve taciturno y triste, porque no teniendo vida mis primeras
llamas, no puedo sacar fuera las otras que me devoran y me consumen; y por eso a aquellos
1553 sig