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Mayo 10, 1928
Quien hace la Divina Voluntad entra en el orden divino. Cómo en la
Divinidad no pueden entrar las penas. Ejemplo del sol.
(1) Me sentía bajo la opresión de un peso infinito, mi pobre alma gemía con gemidos ahogados
por la privación de mi dulce Jesús, sin el desahogo de poderlos sacar, y mientras me sentía
consumir por el dolor de estar privada de mi Vida y de mi Todo, el mismo dolor mientras me
dejaba impávida, destruía en mí la vida del dolor, y al mismo tiempo me sentía inmersa en un
dolor incapaz de poder expresarlo, era dolor sin dolor, pena sin pena, y en mi amargura pensaba
para mí: “¿Y por qué no puedo dolerme? Siento en mí un dolor infinito, como infinito Aquél que
me ha dejado, no obstante queriendo penetrar en un dolor tan justo y santo, como lo es el de
estar privada de Jesús, para abrevar a mi pobre alma, el dolor me huye y quedo sin la vida del
dolor”. Mi Jesús, ten piedad de mí, no me dejes en un estado tan infeliz. Pero mientras esto
pensaba, mi amable Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho:
(2) “Hija mía, quien vive en mi Voluntad entra en el orden divino, y así como nuestra Divinidad
es incapaz de dolor, ninguna cosa, aún mínima, puede ensombrecer mínimamente nuestra
perenne e infinita felicidad, y por cuanto las criaturas nos ofendan, el dolor, las ofensas, quedan
fuera de Nosotros, jamás dentro, y si el dolor pudiese entrar en Nosotros, súbitamente perdería
la naturaleza del dolor y se convertiría en felicidad, así para quien vive en mi Voluntad el dolor
no puede entrar en su alma, y mucho más, pues sintiendo en ella la luz, la fuerza, la felicidad de
la naturaleza de mi Voluntad Divina, se siente ya en posesión de aquel Jesús del que le parece
estar privada; ¿cómo puede dolerse si ya lo posee? Por eso el dolor queda fuera del alma, esto
es en la naturaleza humana, y mientras siente todo el desgarro de mi privación y el peso de un
dolor infinito, cual es el de mi privación, el alma por estar investida por el Fiat Divino parece que
no puede dolerse, por eso siente dolor sin dolor, pena sin pena, porque el dolor, las penas, no
pueden entrar en el sagrario de mi Voluntad y están obligadas a quedar fuera, y el alma las
siente, las ve, las toca, pero no entran a su centro, y si esto fuera, mi Voluntad perdería su
naturaleza feliz en ti, lo que no puede ser. Sucede como le sucede al sol, que es incapaz de
tinieblas, todas las fuerzas humanas no pueden hacer entrar un átomo de tinieblas en su luz, sin
embargo las tinieblas sí se pueden extender por fuera de la luz, pero el sol nada pierde, ni su
calor ni sus admirables efectos, es siempre triunfante en su estado de luz, ni las tinieblas lo
hacen descender, ni nada quitan a su luz, pero si el sol se pudiera doler, se sentiría mal al ser
circundado por tinieblas a pesar de que no le causaran daño ni a su centro ni a su estado feliz.
Sin embargo esto es un dolor que sobrepasa todos los otros dolores, porque es dolor de orden
divino; ¡cuántas veces lo sintió mi Humanidad! Ella se sentía triturar, todas las penas pasaban
sobre de Mí, pero dentro de Mí mi Voluntad Divina era intangible de todas mis penas, y poseía
felicidades inmensas, bienaventuranzas sin fin; se puede decir que en Mí había dos naturalezas,
una opuesta a la otra, una de felicidad, la otra de penas, y ¡oh! cómo mi naturaleza humana
sentía más a lo vivo las penas ante las inmensas alegrías de mi Naturaleza Divina. Por eso tú
no eres capaz de expresarte, porque son penas de orden divino, y si tú antes, cuando Yo me
escondía de ti, sentías que todo se convertía en ti en dolor, era porque faltaba en ti la Vida
completa de mi Voluntad, y por eso aquellos vacíos se llenaban de dolor y tú sentías la
sensibilidad del dolor y te dejaba no imperturbable, pacífica como hoy, sino agitada, sin aquella
firmeza que da de divino, y Yo pronto corría a sostenerte porque no veía todos los caracteres
incancelables de mi Voluntad, porque lo que Ella pone no se cancela jamás, y Yo, sintiéndome
seguro dejo mi trabajo a mi Fiat Divino”.
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