es de la naturaleza de tu Jesús el no saber amar, ni Yo sé hacer esto, y si me estoy escondiendo
en ti sin develarme, es mi Justicia que me esconde y que quiere castigar a los pueblos con
fuertes flagelos. Y ¡oh! cuántos castigos lloverán sobre la tierra, y de todas las especies, porque
mucho la están irritando; me escondo de ti para que haga su curso”.
(3) Dicho esto ha hecho silencio y desapareció, y yo he quedado tan mal que no podía detener
el llanto. Más tarde ha regresado y me ha dicho:
(4) “Hija mía, el triunfo de Dios es la voluntad humana obrante en la suya, ésta es su victoria,
el hacer entrar de nuevo en Sí, en su mismo Querer, lo que ha salido de Él. Conforme el alma
obra en Él así se extiende en los confines divinos, sus actos toman lugar en todo lo que es
eterno. Es verdad que mi Voluntad se encuentra por todas partes, no hay punto en que no se
encuentre, pero ¿dónde desarrolla su potencia, su obrar Divino? En el alma que vive en Ella, el
alma que en Ella vive le da ocasiones de nuevas obras, le hace poner fuera lo que tiene dentro
de bello y de santo; sucede lo que sucedió en la Creación, nuestro Ser era ‘ab aeterno’ pero
nada se veía por fuera de Nosotros antes de la Creación, porque todo nuestro obrar, nuestros
portentos y bienaventuranzas se desarrollaban adentro de Nosotros, pero cuando nuestro Ser
Divino quiso obrar fuera de Nosotros, nuestra Voluntad tuvo ocasión de obrar y puso fuera todo
el universo, con tal suntuosidad, orden y armonía, que forma la maravilla de todas las
generaciones y el triunfo y victoria de nuestro Ser Supremo. Así el alma que vive en nuestro
Querer, conforme obra le da ocasión de formar otras obras dignas de Él, por eso es nuestro
continuo triunfo y el desarrollo de nuestras obras, mantiene la actitud divina. Así que mientras
forma nuestro triunfo y nuestra victoria, al mismo tiempo el alma triunfa y vence la Voluntad
Divina, por eso se ve el uno y el otro victoriosos, Dios y la pequeñez de la criatura. ¿Te parece
poco que la pequeñez de la criatura cante victoria, mueva a obrar a una Voluntad Divina y la
venza?”
(5) Después de esto mi pobre mente continuaba girando en la Creación, para llevar ante la
Majestad Suprema todos los actos que hace la Divina Voluntad en cada cosa creada, todos
aquellos que ha hecho en la Reina Soberana, y en la Humanidad Santísima de Nuestro Señor.
Así, reuniendo todo junto, los llevaba como tantas partes del Divino Querer, todos dignos de un
Dios tres veces Santo. Me parece que sólo el obrar de la Divina Voluntad puede dar los
homenajes más bellos y dignos de un Dios. Mientras estaba en esto, mi dulce Jesús se ha
movido en mi interior y me ha dicho:
(6) “Hija mía, cómo son admirables, armoniosos, todos ordenados entre ellos, de una belleza
rara, los actos hechos por mi Voluntad, son nuestro ejército divino que, ordenados en torno al
Ser Supremo forman nuestra gloria, nuestra defensa, nuestra felicidad sin fin; lo que sale del
Fiat Divino lleva la marca divina, y conforme salen, más que nuestros hijos legítimos, no pierden
jamás la vida. Si tú no das jamás vida a tu voluntad, también tu podrás llamarte un acto de la
Divina Voluntad, y como acto de Ella vendrás a adquirir el derecho sobre todos sus actos,
tomarás lugar en nuestro ejército, serás nuestra hija legítima y como hermana de todos los actos
de nuestra Voluntad, y por eso tendrás el poder de unirlos todos juntos, para llevarnos la gloria,
la felicidad de todos los actos del Eterno Fiat. Qué diferencia entre quien es un acto de Voluntad
Divina y quien no lo es. Un acto de Ella puede ser un sol, un cielo, un mar de eterno amor, una
bienaventuranza y felicidad que jamás termina; ¿qué cosa no puede ser un acto de mi Voluntad?
Ella es eterna y hace eternos sus actos, es luz inmensa y todos sus actos tienen la plenitud de
la luz, no hay cosa de Sí que no invista sus actos. En cambio para quien no es acto de la Divina
Voluntad, ¡oh! cuán diferente es, no puede tomar puesto en el ejército divino, no será capaz de
dar alegrías y felicidad, su luz será tan escasa que difícilmente podrá verse a sí mismo, sus
actos, por cuán buenos, pero porque son producidos por la voluntad humana, serán como humo
que el viento dispersa, o como flor que se marchita y muere. Que diferencia hija mía entre uno
y otro”.
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