grados serán empujones y caminos para llegar al último. Ahora, para ti que lo debes hacer
conocer, es totalmente necesario que vivas en el último grado”.
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19-42
Julio 29, 1926
Todo lo que hacía Nuestro Señor, en virtud del Querer Divino investía toda la Creación.
¿Quién pondrá de nuevo en fiesta a toda la Creación?
(1) Estaba haciendo mis acostumbrados giros en el Reino del Supremo Querer, y habiendo
llegado a lo que había hecho el Divino Querer en la Humanidad de Nuestro Señor, miraba sus
lágrimas, sus suspiros, sus gemidos, y todo lo que hacía, investidos por la luz de su Voluntad,
así que sus rayos estaban adornados por las lágrimas de Jesús, llenos de sus suspiros,
investidos por sus gemidos dolientes y amorosos. Y como la Creación está preñada e investida
por el Supremo Querer, sus rayos de luz invistiendo todo, embellecían todas las cosas creadas
con sus lágrimas; todas las cosas quedaban investidas por sus suspiros, por su amor y todas
gemían junto con Jesús. Después, el dulce Jesús ha salido de dentro de mi interior, y apoyando
su cabeza sobre mi frente me ha dicho:
(2) “Hija mía, el primer hombre al pecar perdió una Voluntad Divina, y por eso se necesitó mi
Humanidad unida al Verbo Eterno, que debía sacrificar en todo y por todo la voluntad humana
de mi Humanidad, para readquirir esta Voluntad Divina, para darla de nuevo a la criatura. Así
que mi Humanidad no le dio ni siquiera un respiro de vida a su voluntad humana, sino que la
tuvo sólo para sacrificarla y para pagar la libertad que se había tomado el hombre de rechazar
con tanta ingratitud a esta Voluntad Suprema, y perdiéndola le faltaron todos sus bienes, su
felicidad, su dominio, su santidad, todo le quedó malogrado. Si el hombre hubiera perdido una
cosa humana, dada a él por Dios, un ángel, un santo se la habría podido restituir, pero como
perdió una Voluntad Divina, se necesitó un Hombre y Dios que la pudiese restituir. Ahora, si
hubiese venido a la tierra solamente para redimirlo, habría bastado una gota de mi sangre, una
pequeña pena para ponerlo a salvo, pero como vine no sólo para salvarlo, sino para restituirle
mi Voluntad perdida, quiso descender esta Divina Voluntad en todas mis penas, en mis lágrimas,
en mis suspiros y gemidos, en todo lo que Yo hacía y sufría para readquirir de nuevo el dominio
en todos y sobre todos los actos humanos, y así poder formar de nuevo su Reino en medio a
las criaturas. Así que cuando Yo, de niño lloraba, sollozaba, gemía, mi Voluntad Divina más que
rayo solar investía toda la Creación de mis lágrimas, de mis gemidos y suspiros, así que las
estrellas, el sol, el cielo azul, el mar, la pequeña flor, todos lloraban, gemían, sollozaban y
suspiraban, porque la Voluntad Divina que estaba en Mí era la misma que reinaba en toda la
Creación, y como connatural las estrellas lloraban, el cielo gemía, el sol sollozaba, el mar
suspiraba. La luz de mi Voluntad llevaba mi eco en todas las cosas creadas, y repitiendo mi
acto hacían compañía a su Creador. ¡Oh! si tú supieras el asalto que recibía la Divina Majestad
al oír mi llanto en toda la Creación, mis gemidos y suspiros. Todas las cosas creadas, animadas
por mi Voluntad, postradas a los pies del trono divino lo ensordecían con sus gemidos, lo atraían
con sus lágrimas, lo movían a piedad con sus suspiros y plegarias, y mis penas repercutiéndose
en ellas lo forzaban a ceder las llaves del Cielo e imploraban de nuevo el Reino de la Voluntad
Divina sobre la tierra. Mi Padre Celestial, apiadado y enternecido por su misma Voluntad que
lloraba, gemía, rogaba y penaba en todas sus obras, cedía las llaves y daba de nuevo su Reino,
pero para estar seguro lo ponía en mi Humanidad, a fin de que a tiempo oportuno lo pudiese dar